MUERTOS

La Voz

OPINIÓN

CARLOS GARCÍA BAYÓN

25 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Osama Bin Laden, dadas su fisiología y psicología, es lógico que haya dicho que morirá con los pelos puestos. Yo, que gozo o padezco una gigantesca pelada que me llega hasta los calcañares, estoy incapacitado para una frase semejante. A lo más puedo sentenciar, como un epitafio, que «moriré con la calva puesta». Bueno, pero si no alcanzo la cima expresiva y sespiriana de Bin Laden, supero en dramatismo y semántica a Warhol que sólo calzaba pelucas por lo que no podía arriesgarse al ridículo de decir: «Moriré con el bisoñé puesto». Y eso que se los diseñaba Stephen Sprouse, manitas de oro de su tiempo. Lo cierto y lo triste es que ahora la muerte se ha hecho tan banal, espeso y municipal que los difuntos no interesan ni a las estadísticas, aunque sean famosos y decoren la defunción de retórica, gestos barrocos y liturgias heroicas. Es que ya lo decía Camus: lo difícil es el primer muerto. Los demás son ya costumbre, rutina y aburrimiento. Y en la costumbre estamos. Tanto, que hasta los más aristocráticos y singulares tienen celulitis en las cachas, sabañones y almorranas como los prófugos de una patera. En esta situación, ¿cómo va a aparecer Otelo en nuestras vidas a preguntarnos igual que a Desdémona: «¿Habéis orado esta noche?». ¡Vaya chorrada! Aquí y ahora, en Palestina o Colombia, en la noche de los arrabales, en el día de los mocitos de Guernica o en la salsa casposa de cualquier mariconada, te pegan un par de tiros, un par de navajazos de Albacete o te machacan a coces y garrotazos, y para la Chacarita con las mortajas puestas y chorreando sangre y mierda. Ahora con tanta necrología bárbara, sólo nos queda espacio para mear. Y que dure. Dicen unos octosílabos: «Sin estudiar medicina/se sabe con evidencia/que la retención de orina/es una fuerte dolencia./Era uno que se quejaba/de tan grave enfermedad,/y su mujer le exhortaba/a tener conformidad./-Acuérdate- le decía/lo que el santo Job pasaba,/y cuánto el pobre sufría;/y el marido respondía:/-De acuerdo, pero meaba».