EN LAS NUBES
23 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.A mí la Navidad cada vez se me hace más extraña. Desde hace algunos años acabo desembocando en ella por pura inercia, inevitablemente, pero nunca me siento como en casa. Es decir, que siempre tengo la sensación de que la Navidad es de los demás. Me quedo a las puertas y no soy capaz de entrar. De modo que vivo estas fiestas como de prestado, casi como un sin techo que mirara, desnortado y perplejo, a través de los escaparates, el mundo ajeno. Eso me pasa con algunas otras cosas. Hay cosas que no son para mí. Y no sé si es que el mundo me las niega o es que soy yo quien las rechazo sin darme cuenta. Aunque con la Navidad es más difícil permanecer al margen, porque todo en la ciudad te recuerda en qué fechas te encuentras. Las tiendas vestidas de dorados, las calles engalanadas, el frío luminoso, las noches de bombillas de colores, la gente trasegando paquetes, el décimo de lotería con un belén estampado encima del número mágico. Si en realidad no es para quejarse. Y lo que más me gusta es esa nieve artificial que cubre los cristales de las casas. Porque la nieve de verdad aquí no llega. Y luego está el terrible y enojoso asunto de los regalos. Cada vez es más complicado escoger, y yo soy de ánimo perfeccionista, amén de indecisa, con lo que tardo un siglo en decidir el obsequio adecuado. Deseo con tanto afán que guste, que sea una sorpresa maravillosa e irrepetible, que acabo estresada nada más empezar. Y finalmente, cuando por irremisible urgencia acabo adquiriendo una sarta de indefinibles bártulos, vuelvo a casa con el rabo entre las piernas, arrastrando los pies y con el horrible presentimiento de que esos objetos no son perfectos, sino inútiles y espantosos, y que la voy a pifiar. Porque en el fondo lo que me da pavor es que dejen de quererme. Y luego están las comilonas. Son muchas y muy seguidas, son copiosas y pesadas, regadas con vino y cava, aderezadas de dulces sin tasa. Al terminar la Navidad, que a mí me toca pasar la ITV en enero, llevo el coche al taller, y de paso el estómago, para evaluar los daños y arreglar lo que se pueda. Pero, a pesar de todos los pesares, reconozco que es ciertamente mágico ver esas caras que te acompañan en la aventura navideña, con un poco más de arrugas cada año, esos rostros de la gente querida, más allá de rencillas o malos entendidos familiares. Esos que son tu paisaje y tu norte, y en parte tu sentido de la vida. Esos rostros que como el tuyo, ensayan una sonrisa y hacen de tripas corazón, que intentan aparcar el sufrimiento cotidiano, para vivir este espejismo tal vez necesario que hemos inventado los seres humanos para despedir con honores cada año que acaba. Así pues, felices Navidades, amigos. De todo corazón. Y para quienes no están ya con nosotros, un saludo al más allá. Os echamos tanto de menos...