RAMÓN CHAO
20 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.El premio Nobel de Literatura, entregado este mes de diciembre al indio Surajprasad Naipaul, confirma una vez más el carácter político de la Academia sueca y traiciona el espíritu del mayor premio literario, que en esencia debe coronar a un autor de calidad y humanamente tolerante, según predispuso Alfred Nobel para lavarse la conciencia por el uso que se hizo de la dinamita, su invento más importante. Los doctos académicos distribuyen premios según la oportunidad política, aunque a veces no hay consideración que valga, como el de José de Echegaray. Se dio también el caso bochornoso de Henry Kissinger, que desprestigia la paz igual que el anterior rebaja la literatura, y si a veces eligen nombres de los inconformistas e innovadores William Faulker, Samuel Beckett o Claude Simon, es para justificar las arbitrariedades citadas. No obstante, dos pasaron a la historia por su rechazo: Jean Paul Sartre no lo quiso aceptar por razones políticas, y por la misma causa a Borges siempre se lo negaron, como si las ideas políticas tuvieran algo que ver con la literatura. De todos modos, ambos han pasado a la historia: uno por no haberlo querido, y otro por ser el escritor que no ha tenido el Nobel. De Naipaul, heredero de Balzac, se puede decir que practica una literatura del siglo XIX y sin ninguna preocupación innovadora. La mayoría de sus libros son en realidad reportajes en los que describe una situación política o las costumbres de un pueblo con la mayor objetividad, y se sabe que la objetividad es siempre muy personal. Casi todo lo ve desde una muy acentuada posición conservadora y nacionalista. Pertenece a un pueblo no hace mucho dominado por Inglaterra y siente una fascinación nostálgica de la grandeza del imperio caído que antes dominó parte de Asia, incluido su propio país. Pese a todo, cabe preguntarse qué motivos incitaron a la Academia sueca. Examinando su obra se observa que Naipaul profesa un odio hacia el Islam que trata de justificar con argumentos históricos y políticos. Se atreve a afirmar que «una persona que se convierte al Islam se vuelve transparente y culturalmente vacía»; que «ninguna colonización ha sido tan fuerte como la del Islam y de los árabes»; que «los pueblos islámicos carecen de vida intelectual»; que existe «una histeria musulmana» y una «tiranía del Islam» y que el declive de India se explica por el imperialismo musulmán, y no por el sistema colonial británico. En su novela El enigma de la llegada evoca su «segundo nacimiento» fuera de su tierra, y este deseo casi patético de cambiar de tierra y de color de piel explica su adhesión a las tesis de los colonizadores y su desprecio por los de su casta, por los trabajadores inmigrados o por los habitantes del tercer mundo. Como dice Salman Rushdie, Naipaul profesa un «asco olímpico por los oprimidos», y Derek Walcott, premio Nobel caribeño y anglófono como él, comprueba que «doesn''t like negroes». El premio Nobel de Literatura de este año ha sido una sorpresa. En veces anteriores ya se vislumbraba quien representaría mejor para los países industrializados el fin de la guerra de Vietnam, el anticolonialismo o una transición que al fin dio marcha atrás. Pero el atentado contra las torres gemelas, los bombardeos masivos y la satanización de Ben Laden pillaron a los suecos desprevenidos y necesitaban una referencia intelectual. La hallaron en Naipaul. La literatura es una víctima más de lo que nos presentan como una guerra de civilizaciones.