CUBA Y EL TERRORISMO

La Voz

OPINIÓN

IGNACIO RAMONET

11 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Por las cálidas calles de La Habana, un gran cartel con la figura hierática de Fidel a la izquierda y un solo eslogan: Contra el terrorismo y la guerra. Pocas personas saben en Europa que menos de dos horas después del impacto de los aviones-bomba contra las torres del World Trade Center de Nueva York aquel fatídico 11 de septiembre, Fidel Castro y las autoridades cubanas hacían una declaracion pública de una formidable clarividencia política. Condenaban de la manera más radical los atentados, expresaban su solidaridad con las víctimas y en ese trágico momento proponían su colaboración, disponiéndose a acoger en sus aeropuertos a los aviones que, dirigiéndose a los Estados Unidos, hubiesen sido pillados en pleno vuelo por la decisión súbita de la Administración norteamericana de prohibir cualquier aterrizaje en territorio estadounidense. Una semanas más tarde, cuando el ciclón Michelle arrasó el centro de la isla, causando pérdidas materiales cuantiosas (pero afortunadamente escasas víctimas humanas gracias a la precaución de las autoridades, que pusieron a salvo preventivamente a más de 600.000 personas), los Estados Unidos propusieron a su vez ayuda humanitaria al Gobierno cubano. ¡Iniciativa inédita en más de 40 años! Tanto más insólita en cuanto que procede de una Administración, en principio, furiosamente anticastrista. La Habana aceptó esta ayuda con una condición: que no fuese gratuita. Washington aceptó. Y Cuba ha podido comprar alimentos y medicamentos por una suma de unos 4 millones de dólares, transgrediendo así oficialmente el embargo comercial por vez primera desde 1959. Esto no debe hacernos creer que las relaciones cubano-americanas están en vías de mejorar. El camino aún será largo, ya que al mismo tiempo los Estados Unidos se disponen a condenar a cinco cubanos detenidos en Florida y acusados de espionaje. La causa de estos cinco hombres -«valerosos hermanos prisioneros del imperio»- moviliza a todo el país, como hace dos años lo hiciera la del pequeño Elián, «niño cubano secuestrado por la mafia y la ultraderecha de Estados Unidos». Los periódicos, la radio y la televisión hablan de ellos todos los días. Y una vez por semana, los sábados, se lleva a cabo, cada vez en una ciudad diferente del país, una gran concentración de decenas de miles de personas para reclamar la liberación de los compatriotas presos en Miami. El argumento principal para exigir tal excarcelación es que los cinco acusados, buscando información, trataban de evitar nuevos atentados del exilio anticastrista cubano. Como dice la prensa de La Habana, los Estados Unidos tienen que ser coherentes en su lucha contra el terrorismo. No pueden denunciarlo cuando procede de Oriente próximo contra ellos y alentarlo cuando se forja en el propio territorio norteamericano contra Cuba. No les falta razón. Fidel, que no para, dialogó estos días -a la vez que participaba en el Encuentro del Foro de Sâo Paulo (izquierda latinoamericana) reunido en La Habana- con unos 200 estudiantes norteamericanos en visita de estudios. «Mi propósito no es venir a decirles lo que es de mi interés, sino a hablarles de lo que más les interese a ustedes», les dijo en su estilo coloquial el Comandante. Como era de esperar, los estudiantes le preguntaron qué pensaba del 11 de septiembre y del terrorismo. Fidel recordó que desde los Estados Unidos se habían organizado durante más de 40 años numerosas agresiones, incluyendo el intento de atentado contra su vida durante la Cumbre Iberoamericana del año pasado en Panamá. Sin embargo, añadió, «ninguna de esas circunstancias nos condujo a dejar de sentir un profundo dolor por los ataques terroristas del 11 de septiembre. Hemos dicho que cualquiera que sean nuestras relaciones con su país, nunca saldrá nadie de aquí para cometer un acto de terrorismo en los Estados Unidos». Y más adelante subrayó: «Que me corten una mano si alguien encuentra aquí una sola frase dirigida a disminuir al pueblo norteamericano. Seríamos una especie de fanáticos ignorantes si fuésemos a echar la culpa al pueblo norteamericano de las diferencias entre ambos países». Al contrario del pobre Bush, Fidel no sólo sabe hablar, sino pensar políticamente.