ERNESTO S. POMBO
11 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.El anuncio de que Galicia dejará de percibir los fondos estructurales de la Unión Europea a partir del 2007, no por esperado deja de ser preocupante. Si la previsión de Pedro Solbes se cumple, nuestro país va perder la más importante fuente de financiación que posibilitó el desarrollo del último decenio. Al margen de que puedan ser discutibles los criterios por los que Extremadura y Andalucía continúen beneficiándose de estas ayudas y Galicia no pueda hacerlo, -quizás no nos merezcamos más-, la retirada de los fondos hay que acogerla en los términos que muy sensatamente exponían ayer distintos economistas en las páginas de este mismo periódico. En el tránsito hay que aprovechar las cantidades que aún se perciban para sentar las bases para el desarrollo definitivo. Y, sobre todo, hay que mirar al futuro sabiendo que ya no vamos a contar con ese apoyo económico. Pero esta no parece ser la idea de la Xunta. Y eso resulta más preocupante que la propia retirada de los fondos. Quienes hoy ocupan San Caetano no tienen entre sus planes dejar de contar con el maná de Bruselas. Y albergan la esperanza, lo consideran expectativas razonables, de que el flujo económico se prolongue hasta el fin de los días. Recomienda un proverbio chino que excaves el pozo antes de que tengas sed. Esperar otras ayudas compensatorias que están sin definir para que compensen los fondos que se pierden revela una inutilidad pasmosa. Ningún sueño se consigue sin tesón. Pero para ello hay que empezar por afrontar la realidad. La capacidad negociadora de España a lo largo de la historia ha sido mala. En Bruselas ha sido siempre pésima. Por eso es una quimera confiar en que nuestros responsables sean capaces de obtener nuevas partidas de ayudas. El fin de los fondos va a suponer un duro golpe para la economía gallega. Pero no pueden acentuar las calamidades. Ahí no se termina el mundo. A no ser que queramos terminarlo.