LOS FANTASMAS SILENCIOSOS

La Voz

OPINIÓN

YASHMINA SHAWKI

10 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Tres detalles llaman mi atención cada vez que veo las imágenes de lo que es hoy Afganistán. En primer lugar, la aridez y la desolación que provoca la destrucción de las precarias construcciones de adobe. En segundo lugar, la casi ausencia de mujeres en las calles y que, las pocas que aparecen, lo hacen como fantasmas envueltos en el burka. En tercer lugar, el silencio sólo roto por los sonidos de los deficientes y primitivos medios de transporte y la llamada de los muecines a la oración. Los tres elementos llevan a la constatación de un silencio opresivo y monótono como si, los pocos habitantes que todavía deambulan por las calles y caminos, fueran los espectros de seres humanos que retoman la marcha tras largos años de ausencia. El silencio es cómplice de la injusticia, la opresión y la muerte. El silencio que acalla los gritos lastimeros de una parte de la población que reclama su derecho a elegir su propio destino, a luchar por él y a sobrevivir dignamente. El silencio de los fantasmas sin rostro y sin sombra, que vagan por las ciudades como recordatorio perenne de la locura y el terror a lo que no se puede controlar. Y en medio de ese silencio opresivo, que intenta enmascararse con el cántico monocorde de las Suras del Corán, debiera surgir el rugido incontrolable de la rabia ante la intolerancia, la ignorancia y el fanatismo. Ese rugido debe surgir dentro de cada uno de nosotros cada vez que decimos que los ataques contra Afganistán son injustos para con una población pobre, enferma y diezmada, cada vez que comentamos que los bombardeos sólo sirven para pulverizar los pocos restos que quedan en pie de una civilización que sucumbe a la destrucción, cada vez que protestamos por el despliegue de medios empleados para arrasar un trozo tan castigado de este planeta. Las mujeres afganas, esos fantasmas silenciosos, víctimas del terror infinito de los Estudiantes que nunca han llegado a comprender el fondo del mensaje de Mahoma, deberían de hacernos reaccionar a los hombres y mujeres de bien. Por mucho que clamemos a los cuatro vientos que vivir bajo el burka es como vivir en una cárcel, no sirve de nada porque las afganas están tan débiles, tienen tanto miedo, están sumidas en tanta ignorancia e incomprensión que no son capaces de rebelarse. Quizás se hayan perdido, irremediablemente, dos generaciones de afganas en las dos últimas décadas. Poco podemos hacer por ellas, pero sí podemos cambiar el futuro y dar esperanza a sus hijas. Podemos y debemos cambiar el futuro aprendiendo de nuestros errores y omisiones pero, no con bombas y balas, sino con papel y lápices, con pan y semillas, con medicinas y paciencia. Y debemos comenzar por levantar el velo de esas mujeres de piel cuarteada y ajada por el calor y el frío, por el dolor y el hambre y, sobre todo, por la miseria y la intolerancia. Mientras no consigamos que se oiga su voz, los canallas talibanes y sus secuaces habrán ganado la batalla aunque pierdan la guerra, y eso no podemos consentirlo.