RAMÓN CHAO
06 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Poco antes de su muerte le pedí a Torrente Ballester un texto sobre Carolina Otero para las ediciones Raíña Lupa de París. Fue un texto póstumo, en el que entre otras cosas decía: «Será el descubrimiento de alguien que no ha llegado todavía: no lo que fue, sino lo que le hubiera gustado ser. La verdadera yace en un archivo judicial; y la falsa, en las memorias que dictó a un periodista». Todos los libros que han pululado recientemente sobre la diosa del suicidio adolecen de este origen: han sido plagiados de uno que ella misma dictó a escribidores complacientes y en lugar de magnificar, trivializan a la muchacha de Valga. Es una figura que me apasiona desde mi niñez. Cuando llegué a Francia, poco me interesaba la Ciudad Luz, bastante menos la cultura francesa y ya pensaba en dejar los estudios musicales para los que había sido becado por el Gobierno español. Tenía veinte años y una sola ilusión: conocer, y si pudiera, hablar y palpar a los dos ídolos femeninos de mi niñez. Mi padre tuvo la culpa de tal descarrío. En el comedor de nuestra fonda piojosa de Vilalba solía plantearme un acertijo que de tanto machacarlo se me incrustó en la sesera: «Los gallegos somos la gente más grande del mundo. Cuando damos una figura, en el terreno que sea, tiene que ser la mejor». ¿Escritores? Tenía que decir Valle-Inclán. ¿Actrices de teatro? Tenemos a María Casares. ¿Meretrices? Muy fino, mi padre. Yo ignoraba lo que pudiera ser una meretriz. ¿Acaso una futura institutriz? Pero me tenía amaestrado: nada menos que Carolina Otero. ¿Y cabrones... ? La respuesta, en el aire; en aquella posguerra, el menor desliz podía costarle el destierro. Seguro que no había leído una sola línea de Tirano Banderas. Pero recuerdo una hoja amarillenta de la revista cubana Bohemia pegada en el cristal de su despacho, con pie de foto que resaltaba la faceta republicana del escritor. Pasaba el día cantando aquello de «Bailaches Carolina». Sospecho que mi padre la deseaba por envidia del Panqué, un cacique del pueblo cuya merienda, de niño y de mayor, no variaba del pan con queso; ese queso en forma de teta y ahumado que fabrican a pocos kilómetros del pueblo. Extravagante y simplón, de él se cuenta que un día se le cayó la mujer del Fiat Topolino entre Lugo y Vilalba, una hora de trayecto: raja que te raja y la otra lloriqueando en la cuneta. Paseaba por las calles de Vilalba, ya con sus ochenta años, un Partagás en los labios, apagado y soñador. «Arruíname, pero no me abandones», suplicaba a cualquier falda que pasara por su lado. Y es que fue el único en llevar a cabo la pretensión de medio mundo: tras arramplar con el capital vendió dos huertas frutales; en tren y sin esposa se plantó después en París y Carolina se lo llevó directo al casino de Enghien, donde jugaron hasta el amanecer. Un libro le habría entusiasmado a mi padre; este que acaba de publicar Edicións Xerais en la que sale Carolina con todos los atuendos, disfraces y a veces sin ellos. Suntuoso. Unas cien fotos y carteles en cuya recopilación me dicen que Carlos Díaz ha pasado treinta años. ¿Pero qué es eso en el tiempo dilatado que Ella imponía a los otros y a sí misma? Se dice que se suicidó a los 97 años porque ya estaba harta de esta vida y se le insinuaba la vejez. Aparte de las cien ilustraciones, el libro comporta un texto inédito de Luis Seoane y cuatro páginas de bibliografía, de modo que si alguien quiere volver a plagiar sobre la vida inventada de Carolina, tiene materia y además en tres idiomas. Sin duda el editor pensó que la reina de la Belle Époque seguirá haciendo soñar en francés y en inglés y yo estoy convencido de que el primer mirón hubiera sido mi padre, y que vería a Carolina tal como es hoy desde mi otero.