VENTURA PÉREZ MARIÑO
05 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Resulta emocionante ver al pueblo estadounidense, ante sus problemas recientes, como realza sus elementos identificadores y se autoanima afirmando su presente, esperanzando su futuro. Y resulta asombroso si comparamos con lo que previsiblemente nos ocurriría a nosotros en circunstancias similares, estando como estamos tan faltos de elementos identificadores como pueblo. Nuestro pasado, hasta el reciente periodo democrático, es un gran desastre. En nuestro pasado, desde la Constitución de Cádiz de 1812 a la terminación del régimen franquista, se produjo una importante serie de líneas de fractura que al entrecruzarse dividieron profundamente a la sociedad española. Estas fracturas afectaban a las cuestiones fundamentales sobre las que una sociedad que aspire a la convivencia pacífica ha de mostrar su acuerdo: desde en quien residía el poder (el Pueblo, la Nación, el Rey o las Cortes), a si debíamos ser una monarquía o una república. Desde si España era católica por imposición, o laica o anticlerical. Si quien mandaba eran los militares que podían levantarse, pronunciarse o revolverse a su cuidado, o estaban supeditados al poder civil. Todas ellas fueron causa de conflicto permanente, al ser expresadas de forma bipolar y enfrentadas con violencia. Pero la Historia, simbolizada sin duda por la Constitución de 1978, ha dado un giro copernicano. A diferencia de todas las constituciones anteriores, que expresaban posiciones de parte e implicaban vencedores y vencidos, la actual ha buscado una solución casi siempre transaccional y ecléctica. Hay Monarquía pero parlamentaria y democrática. El Estado es laico, sin perjuicio del reconocimiento de las religiones y en particular de la católica por su condición de mayoritaria. El Ejército juega un papel importante pero supeditado al poder civil. Se reconoce la propiedad privada y la herencia pero con la contrapartida de un sistema fiscal redestribuidor y de la intervención del Estado en la economía en aras del interés social. Han así desaparecido de las inquietudes cotidianas de los españoles las cuestiones: la religiosa, la militar, la monárquica, la republicana, la social, la agraria... Perdura la muy grave cuestión territorial, para la que desgraciadamente no se atisba solución cercana y es causa de desasosiego. Nunca tuvimos una Constitución mejor. En ella tienen cabida todas las posturas democráticas. Hay diferencias entre los ciudadanos. Diferencias sociales y de otro tipo, pero éstas no se expresan mediante enfrentamientos irreconciliables. Se ha abandonado el sentido transcendente de la política. Es tiempo de aprovechar, de reconocer lo que tenemos. Esta magnífica Constitución realizada por consenso, hace ya casi 25 años, para acoger el disenso, para abrazar la tolerancia, es un magnífico marco de entendimiento.