PECADOS Y ABSOLUCIONES

La Voz

OPINIÓN

JOSÉ A. PONTE FAR

04 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Había ido al funeral, pero no contaba con abrir brechas en la memoria. La iglesia era la de una aldea próxima, colgada sobre el acantilado atlántico de las Rías Altas. De piedra, con su sobriedad rural y elegancia neoclásica. Enseguida me recordó la de mi pueblo; estas asociaciones suelen ser automáticas. Diferían en que aquélla, más de tierra adentro, no mira al océano, sino a un río, amigo de nieblas y regadíos, que, a su altura, inicia el lento camino hacia el mar. Abarrotada de gente, logré alcanzar el círculo, sorprendentemente despejado, que se ofrecía en torno al confesionario. La severidad del mueble sacramental exigía el espacio necesario para la intimidad del penitente. Pero como no estaba en funcionamiento -ni clientes pecadores ni administrador de pecados-, me atreví a aproximarme. Al observarlo de cerca, quedé atrapado en el vaho misterioso de su silueta. No tanto por su porte noble, de recia madera de castaño y trabajo de fina ebanistería, sino por encontrarme, después de tanto tiempo, con un símbolo que tiene muescas en mis recuerdos infantiles. De rodillas sobre un cajón semejante, al ir dejando atrás la infancia, fui consciente de que perdía la inocencia sin ganar nada a cambio. Con mis doce o trece años sabía que dejaba atrás un territorio mítico y que entraba, desasistido como todos los de mi edad, en la confusión expectante de la adolescencia. Y allí, de rodillas, delante de la celosía, trataba de explicarle al cura mi congoja y mi desazón. Y recordé lo difícil que me resultaba, porque mi lenguaje era insuficiente. Al no encontrar las palabras, sobrevenía el silencio. Y siempre, detrás del silencio, llegaba el miedo al ridículo y el vértigo de la incomunicación por no ser capaz de entenderme y explicarme. ¡Qué tiempos!, pienso, aunque ahora nuestros jóvenes tienen mayores carencias de lenguaje que antes, pero les importa mucho menos no saber qué hacer con las palabras... A todo esto, el confesionario se me antoja demasiado pretencioso para una iglesia humilde como esta. Se nota en el acabado, y también en la celdilla, nueva y brillante, más apropiada para recibir pecados de alto copete, como el pelotazo de Gescartera o la infamia del aceite de colza, por ejemplo, que los humildes malos pensamientos, corrientes maledicencias o mentiras piadosas de los feligreses de la parroquia. Por contumaces y frecuentes, estos pecados sencillos son los que acaban diluyendo el barniz y desgastando la madera. Tanta perseverancia en el confesionario hizo que emergiese el recuerdo de un cura de mi infancia, gordo y bonachón, de voz ronca y aguardentosa. Cuando confesaba a alguien, no era difícil escuchar lo que le decía al penitente, sobre todo si este era un niño o una señora mayor. Les hablaba con descuido. Todos sabíamos, por ejemplo, lo que les ponía como penitencia. Y nadie de los que éramos chavales entonces ha olvidado aún el comentario, en forma de reprimenda, con que despachó en el confesionario a una vecina, profesional del cotilleo. Con la rapidez y resignación de un funcionario que expende impresos, el cura cortó el bisbiseo de la mujer, tenue, pero tenaz, con un alto y rotundo: -¡Ooooy, con qué lerias me vés! Sin duda, una forma eficaz de desactivar maledicencias.