EL GRAN MISTERIO DE AZNAR

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

02 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Por si ustedes lo olvidaron, o no quieren echármelo en cara, les recuerdo que fui uno de aquellos analistas que pronosticaron un efímero paso de Aznar por la Moncloa, después de una carrera que considerábamos más deudora del desastre político y ético del PSOE, y del consiguiente bloqueo personal de Felipe González, que del atractivo de su programa o de las prusianas campañas del PP. Y eso me obliga a reconocer que me tiré a la piscina y pedirle a Santa Lucía que me conserve la vista. Pero lo malo de esta historia no es el haberme equivocado en el pronóstico, sino el haber acertado en todos los elementos que lo justificaban, con más peligro de haberme quedado corto que de haber sido arrastrado por explicables prejuicios personales. Y eso quiere decir que, si como politólogo no tengo mal ojo, quizá sobrevaloro la sociedad en la que vivo. Todos mis temores eran ciertos, aunque el corolario resultase falso. Y, dado que me parecía imposible que la Moncloa fuese el epicentro de un discurso simplón y monotemático, hecho con sorites en bárbara y obviedades de importación, tengo que rendirme a la evidencia de que así se cocina la tarta que más le gusta a la mayoría de los ciudadanos. Aunque también comprendo que se nos caiga la baba cuando oímos decir cosas tan sutiles como que «el malo es el que mata y no el que muere», y que España tiene que ser tan grande y una -¡lo de libre depende de Bush!- como lo fue en los años cincuenta, cuando todos sabíamos quien fue Favila y donde está el cabo Machichaco. Por eso entiendo que Aznar haya dejado de gobernar, para poder afrontar la enorme empresa de reformar el Estado, reconstruir el orgullo ibérico y los símbolos del poder de Castilla, y restaurar la unidad de los hombres y las tierras de España. Y de ahí viene la distancia que pone entre su augusta figura y nuestros pequeños problemas, y el engolamiento del tono, la simplificación de los contenidos, la reducción de las variables y el maniqueísmo doctrinario con el que elabora sus comparecencias televisivas y el catecismo electoral del PP. Lejos de limitarse a gobernar, y responder por ello, nuestro inmenso presidente quiere cargar sus recios hombros con el ejemplar empeño de hacer la contrarreforma del felipismo y restaurar la fortaleza internacional que se nos eclipsó cuando los Tercios recibieron la malleira de Rocroi. Y eso, por lo que se ve, le mola cantidad a muchos votantes españoles. Por eso ningunea con tanta galanura a Rodríguez Zapatero como a los manifestantes que piden la revisión de la LOU. Porque lo suyo es la fortaleza, la perseverancia, la clarividencia y la firmeza. Y lo nuestro es admirarle, ser agradecidos, recibir lecciones... ¡y votarle!