RAMÓN PERNAS
01 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Yacía, cubierto con una sábana el cuerpo de la ertzaina Ana Isabel sobre el asfalto de Beasain. Todas las cadenas de televisión, todos los informativos repetían la imagen. Habían transcurrido dos largas horas, dos infinitas horas, desde que los asesinos de la banda terrorista descargaron sus balas contra ella y su compañero, que como todos los viernes, intentaban poner orden al caos circulatorio. El juez de guardia no había llegado, nunca llegan los jueces de guardia para levantar diligentemente los cadáveres expuestos a la obscenidad exhibicionista de un primer plano filmado. La dignidad de las personas, de los seres humanos, alcanza hasta más allá de su muerte, cadáver incluido. Y últimamente, las víctimas, a las víctimas de los asesinatos, de los accidentes de tráfico, laborales, etcétera, no se les respeta su dignidad, la dignidad que trasciende a su propio fallecimiento. Los norteamericanos inauguraron un tipo de censura compasiva con ocasión del atentado del 11 de septiembre. Nadie fotografió ni filmó los restos de los miles de desaparecidos en el desplome de las Torres Gemelas de Nueva York. Existió consenso unánime para evitar visiones apocalípticas de cuerpos mutilados. Fue un triunfo del sentido común auspiciado por todos los canales televisivos. No está sucediendo lo mismo con la saña naturalista, con el regodeo salvaje de las imágenes bélicas de Afganistán o de la Intifada que no cesa en Palestina. También ellos son nuestros muertos. Nuestros muertos desarrapados, todavía con el espanto en su mirada clavada en el primer plano de una imagen televisada. La muerte en directo, en prime time, en horario de máxima audiencia. Cadáveres, cientos de cadáveres, como en un bodegón perverso en la salita de estar, en el rincón del artilugio televisivo que anestesia todas las conciencias. Hace algún tiempo otra similar imagen me conmovió profundamente. López de La Calle acababa de ser asesinado en una mañana lluviosa. Una manta cubría su cuerpo y junto a él un paraguas abierto subrayaba la vesanía del atentado. Lo habían matado por ser un trabajador de la palabra, por tener opinión y voz en un país de silencios. Lo habían asesinado por disentir y discrepar, por llamar por su nombre al fascismo y la barbarie. Aquel paraguas abierto, su única defensa protectora, estaba junto a él, a su lado, era toda una alegoría, un grito inaudible, el cartel terrible de un tiempo y de un país. Esa mañana llovió intensamente en toda Euskadi, pero el paraguas abierto a nadie protegía, ya no podía prestar su abrigo a quien busca guarecerse de la lluvia, y se expone al tiro en la nuca. Y todas las televisiones reiteraron esa imagen, y fue la fotografía de primera en los diarios del día siguiente, y sucedió, como en el caso de Ana Isabel, que aquel día el juez de guardia también se demoró. Con inusitada frecuencia los jueces de guardia llegan tarde, muy tarde.