¡Qué poco cambian las cosas! La primera vez que oí hablar de George Harrison estábamos en plena escalada de la guerra de Vietnam, cuando los Estados Unidos habían iniciado la batalla final contra la guerrilla comunista y en defensa de la civilización occidental. Y el día en que Harrison decide marcharse, me pilla en plena escalada de la Guerra de Afganistán, con los Estados Unidos empeñados en otra batalla final contra las guerrillas fundamentalistas y en defensa de la civilización occidental. Claro que, entre guerra y guerra, terminé la carrera, hice la mili, me casé y tuve hijos, conocí la democracia, hice algo de política, planté un árbol, escribí un libro, compré una casa, perdí la mitad del pelo y se me puso blanca la barba, mientras mi corazón iba remodelando sus afectos y mi cabeza sus ideas. Y así llegué a ser un escéptico aburguesado que vive encantado en un orden social que le conviene mucho más de lo que le convence. Pero la terrible realidad es que le di la bienvenida a George Harrison en la Universidad, en medio de una folga xeral y una sangrienta guerra, y lo acabo de despedir en la Universidad, en otra folga xeral y otra guerra sangrienta. Y eso me produce una enorme morriña -¡no es momento de penas!- y me enfrenta dramáticamente con la frase que más odio del refranero intensamente gallego de mi madre: «Non te apures moito, filliño, que o mundo vaiche quedar no mesmo sitio onde o atopaches». Hace treinta y cinco años estaba convencido de que el paso de Concha Piquer a George Harrison era el símbolo de un cambio inexorable de la dictadura a la democracia, del pizarrín al portátil, de la falsa moral a la modernidad europea, del emigrante sin cualificación a las mil universidades que se pelean por sus títulos y sus alumnos. Pero, aunque es verdad que en este momento comparto con mis hijos la misma discoteca y los mismos hábitos sociales, me temo que todo se reduce a una mano de pintura sobre el viejo edificio de nuestra cultura política y social, sin haber eliminado ninguno de los defectos que tenía el mundo cuando Harrison y yo nos encontramos por primera vez. Ayer tarde, mientras escribía estas líneas, hice sonar I need you, la hermosa canción de George Harrison que The Beatles interpretaban en la película Help!. También repuse My sweet Lord, con la que quiso compensarnos por la ruptura de la inolvidable banda de Liverpool. Y tuve la extraña sensación de estar escuchando música clásica. La muerte de Harrison es un aldabonazo en la conciencia de una generación que soñó con poner la historia patas arriba, detener el tiempo y no envejecer jamás. Por eso es una inmensa noticia en medio del amor y de la guerra.