RAMÓN CHAO DESDE MI OTERO
29 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.En el momento en que los dirigentes del mayor imperio que jamás haya existido en el mundo lanzan frases que nos retrotraen a la conquista del Oeste en el siglo XIX, o amenazas de muerte seguramente inútiles a miembros de un sistema ya derrotado -«trataremos de matar al mayor número posible de talibanes mientras no se encuentra a Ben Laden», dixit Donald Rumsfeld-, en París se representa una versión de Ojo por ojo de Shakespeare que podría dar mucho que pensar a estos partidarios de la ley del talión. Esta ley (de talis, en latín igual) castiga a un culpable tratándolo de la misma manera que él ha tratado a la víctima. Su origen remonta al tiempo de Moisés y está definida así en el libro del Éxodo del Antiguo Testamento: «Vida por vida, diente por diente, ojo por ojo...». Figuró en las legislaciones griega y romana, se aplicó hasta la Edad Media y Mahoma llegó a inscribirla en el Corán, pero con la promesa de que la misericordia divina beneficiaría a quien supiese perdonar. De todos modos figura en el libro sagrado de los mahometanos. Una ley saudí en EE UU La historia es circular y el perro se muerde el rabo. Fíjense ustedes que a un individuo que ya era impresentable siendo agente de la CIA, formado por el servicio de inteligencia americano, le quieren aplicar ahora la ley que rige en el país de este mismo señor, Arabia Saudí, cuando ellos tienen una legislación humanitaria elaborada por los padres de la patria, Jefferson y Abraham Lincoln, que en su día fueron progresistas. La obra de Shakespeare es un alegato contra la barbarie y la pena de muerte. Recuerda la frase de Pascal: «El pueblo sólo obedece a las leyes si las considera justas». En una de las escenas de la obra se llega al colmo del horror cómico: entran en una celda dos verdugos dispuestos a ejecutar al condenado. Este declara que no, que precisamente ese día no tiene el alma dispuesta para ello, y que «nadie en el mundo me convencerá de que debo morir hoy». Y asistimos a la arenga más encendida y eficaz que se pueda concebir contra toda clase de castigo. Esta obra fue considerada ejemplar o inmoral, según las épocas. No se representó durante todo el siglo XIX, ni en Inglaterra ni en Francia. Aquí sufrió entonces ataques clericales, igual que Don Juan de Molière. Hubo de llegar el siglo XX para que se volviera a descubrir. Siempre contradictorio, al héroe se le comparaba unas veces a Jesucristo y otras a dirigentes políticos del momento. Es una de las obras más comentadas y controvertidas de Shakespeare, junto con Hamlet. Un autor actual Les invito a leerla o a releerla bajo el prisma de la actualidad. En ella resuenan nuestras angustias contemporáneas por la arrogancia de los dirigentes, el poder de los jueces, el integrismo, el tema general de la corrupción e incluso por las enfermedades sexuales. Shakespeare nos advierte de que demasiada pureza, demasiado rigor ante la corrupción, puede llevarnos a otras corrupciones mayores; nos dice que se debe aceptar al hombre con sus más y con sus menos y la vida con sus altibajos. Teniendo en cuenta otra sentencia de Pascal -«La justicia y la verdad tienen filos tan sutiles, que los instrumentos que poseemos son demasiado romos para sentenciar»-, más que al castigo, Shakespeare incita al perdón.