DÍAS DE PÉRDIDA

La Voz

OPINIÓN

BLANCA RIESTRA TROPOS

28 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Mis amigos me dicen que sólo escribo sobre taxistas y sobre lluvia. Y es que el estado psicológico de los taxistas de este país me tiene cada vez más inquieta. Oscilan entre la circunspección y el deslumbramiento con una facilidad preocupante. Los taxistas gallegos son sobrios y respetuosos, sólo te bombardean con sus problemas si se sienten provocados. Los madrileños en cambio son una bomba de relojería con un equilibrio anímico especialmente frágil. Anteayer también llovía en Valencia. Llegamos en un tren Alaris a una ciudad borrada por la lluvia. Álvaro Bermejo, mi compañero de promoción del Ateneo de Sevilla, paseaba una novela sobre la Cuba prodigiosa de principios del siglo, yo un libro sobre París y la pérdida. Álvaro cree en la magia blanca y en la infrarrealidad, cree también en el país carroliano de la literatura. Es un compañero de viaje parlanchín. Me cuenta, entre ruido de coches que salpican y ajetreo de paraguas, que Valencia es una ciudad satánica, como satánico es el triángulo maldito que forman las ciudades de Lyon, Praga y Turín. Asentí. Recuerdo que en Turín, un día cubierto de verano, un amigo mío presenció el atropello de un señor. Los sesos del anciano salpicaron su camisa. El autobús enloquecido no se detuvo, los viandantes hicieron caso omiso. Las ciudades malditas son oscuras y lluviosas, violentas y hostiles. Estudiosos En Valencia, bajo la lluvia, un taxista lee el tratado elemental de ciencias ocultas del famoso conde Papus. El estudioso profesional del automóvil nos explica que acaba de obtener el grado dieciocho de la logia valenciana. Es caballero de Rosacruz. «Veinte años en esto, qué se creen». Asentimos. Ayer, de camino a un concierto en el Aqualung, más allá del Manzanares, otro taxista -este bigotudo- nos ofreció a mí y a mi acompañante el boletín mensual de los Testigos, sobre fondo de Radio Olé. «¿Saben que los testigos predicamos la salvación de la humanidad? ¿Saben que el fin del mundo se acerca y que Jehová borrará de golpe todo el mal de la faz de la tierra? ¿No desearían encontrarse -antes de que el tiempo expire- en el bando de los vencedores? Pues, amigos, eso sólo se logra mediante un estudio bíblico exhaustivo que nosotros, los testigos, dispensamos gratuitamente». Álvaro me pregunta, escéptico, qué es eso tan cacareado de la pérdida que me trae a mal traer. Yo sólo acierto a remitirme a mi adorada Karen Blixen (Isak Dinesen). A la escritora sifilítica, danesa y africana, le gustaba citar una fábula china en que un viejo mandarín, conocido por su prudencia, entrega a un joven emperador un anillo y le dice: «Señor, sobre este anillo he hecho grabar esta inscripción. Quizás su majestad encuentre útil el leerla en momentos de duda, de peligro y fracaso, pero también, en épocas de victoria, de triunfo y de honor». La inscripción rezaba así: Esto también llegará a su fin. Y es que, como decía Pompeyo, navigare necesse est, vivere non necesse (es necesario navegar, no es necesario vivir). ¿Creen que esta parábola tranquilizará el espíritu atormentado de los taxistas españoles? Álvaro me responde mustiamente: Ni de coña.