IGNACIO RAMONET
23 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Desde hace una semana, las cosas se aceleran en Afganistán. Unas tras otras, sin casi ofrecer resistencia, caen las ciudades en manos de las fuerzas de la Alianza del Norte. Como era de prever, martilleado por los bombardeos más violentos desde la guerra de Vietnam, el régimen de los talibanes, uno de los más detestables del mundo, se desmorona a muy alta velocidad. Apenas controla ya una pequeña bolsa en el norte alrededor de la ciudad de Kunduz, y otra, más importante, en el sur-oeste, en torno a Kandahar, bastión del régimen y donde, al parecer, se encuentra todavía su jefe carismático, el misterioso mullah Omar. Así pues, la estrategia decidida por los Estados Unidos después de los atentados del 11 de septiembre parece dar buenos resultados, aunque por el momento no se hayan alcanzado los objectivos principales de esta guerra: la captura -vivo o muerto- de Osama Bin Laden, presunto autor intelectual de tales atentados, y el desmantelamiento de la red terrorista Al Qaida. En otros aspectos, y paradójicamente, la caída precipitada del régimen talibán ha complicado bastante otras facetas del problema. En primer lugar, la de estabilización de Afganistán, país que corre el riesgo de pasar sin transición del férreo orden talibán al peligroso desorden de la Alianza del Norte. La cual no es sino un amontonamiento de jefes de tribus pertenecientes a las etnias minoritarias (tadjikes, uzbekos, turkmenos, hazaras), unidos momentaneamente contra el enemigo común talibán (de la etnia mayoritaria pashtun) pero que se detestan altamente entre sí. Y que bajo el menor pretexto podrían reanudar la larga y mortífera guerra civil que les vio enfrentarse desde 1992 a 1996, y que provocó decenas de miles de muertos. Otra consecuencia peligrosa concierne a Pakistán, que ve con inmensa preocupación cómo se apoderan de Kabul sus enemigos históricos de la Alianza del Norte, cosa que no deseaba en absoluto el general Pervez Musharaf, presidente de Pakistán y aliado principal de Estados Unidos en esta guerra. Ya que disponer en Afganistán de un gobierno amigo es un objetivo estratégico permanente de los pakistaníes, quienes, por ese motivo, habían propiciado la instalación del régimen talibán en Kabul. De poco ha servido haber traicionado a éste. La diplomacia pakistaní es la otra gran vencida de esta guerra, ya que además de contar a partir de ahora con un aliado más indócil en Kabul, deberá afrontar el probable malhumor de su propia población pashtun (20 millones de habitantes). Y tendrá que abandonar la ayuda que presta a las organizaciones terroristas islamistas que actuan en la Cachemira india. Adiós Talibán, decimos todos con un suspiro de alivio; pero este adiós llega, para algunos de los propios vencedores, y aunque parezca monstruoso decirlo, demasiado pronto.