CONFUSIÓN EN AFGANISTÁN

La Voz

OPINIÓN

La brutal agresión y muerte del grupo de periodistas en la carretera de Jalalabad a Kabul, entre ellos la del español Julio Fuentes, nos ha devuelto de pronto a la confusa realidad de la guerra afgana. La información que recibimos sobre la evolución de los acontecimientos no es muy creíble, al describir una guerra relativamente convencional. La caída de ciudades como Mazar-i-Sharif y Kabul no implica el control del territorio. Es evidente que la estrategia de la organización de Bin Laden se ha modulado, y grupos de talibán intentarán controlar áreas indeterminadas y cambiantes de un país montañoso y más extenso que España. Pretenden evitar frentes estables, cuya defensa es imposible ante el empuje militar de Estados Unidos apoyado en los efectos devastadores de los bombardeos de los B-52 que aniquilan cualquier resistencia. La posible rendición de los talibán en Kunduz, en el norte del país, convierte a la provincia de Kandahar en el último refugio de las fuerzas del mulá Omar, lo que nos impide afirmar que asistamos al principio del fin de la guerra. El control efectivo del país obligaría a realizar un despliegue sobre el terreno de miles de soldados de la coalición dirigida por EE UU, cuyos costes humanos nadie parece dispuesto a asumir. Así, la participación efectiva de ejércitos europeos permanece como una incógnita, con independencia del apoyo de los gobiernos al presidente Bush tras la crisis iniciada el 11 de septiembre. La experiencia de los soviéticos aconseja a las cúpulas militares de Washington y de la Alianza Atlántica ser extremadamente cautelosas, porque como le gusta repetir a Colin Powell desde la guerra del Golfo, «antes de entrar, hay que saber cómo se sale». Afganistán se podría convertir en un pantano político-militar, con lodo hasta las rodillas, muy diferente a la experiencia en Irak hace diez años. Bush y el general Tommy Franks, comandante en jefe de la operación militar norteamericana, son conscientes de la situación y preparan a la opinión pública para una guerra «larga y difícil». Por ello, la conferencia que se inicia el lunes en Bönn para discutir sobre el futuro de Afganistán entre las partes implicadas, tiene la máxima importancia. Se trataría de que un gobierno provisional asumiera el control y evitase las confrontaciones entre los diferentes señores de la guerra que podrían partir el país territorialmente. La complejidad de su mapa étnico, dividido por odios ancestrales entre pastunes, tayikos, uzbekos, kirguizios y hazaras dificulta extraordinariamente la búsqueda de la solución política. Si añadimos la fractura entre chiítas y sunitas y los intereses contrapuestos de los países limítrofes, comprenderemos que la construcción de un gobierno plural, con supervisión de la ONU, es objetivo deseable pero casi imposible.