RAMÓN CHAO
21 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Hablábamos el otro día del papel que desempeña el idioma en la formación de las mentalidades. El ejemplo más fehaciente, que se me olvidó citar, es este descamino español que consiste en llamar Bin a un potentado saudí al que los norteamericanos acusan, sin rastro de pruebas, de haber organizado el ataque del 11 de septiembre. Es un error, como si llamáramos Bin Bela al ex-presidente de Argelia; Bin Barka al líder de la oposición marroquí asesinado por la policía gaullista, y Bin Barek a la perla negra que en mi niñez enardecía al estadio Metropolitano de Madrid. Yo de crío sabía que mi ídolo Barek se llamaba Ben (hijo de) de la misma forma que en mi adolescencia Barka respondía al mismo nombre, y de mayor sé que Bela se llama Ben como los anteriores. Bin es la pronunciación yanqui. En los países árabes y en el resto del mundo se dice Ben. En Francia le llaman Ben porque el primer ministro Jospin no se ha puesto a las órdenes de Washington como su homónimo Aznar. El hecho es que toda la prensa española lo escribe como los norteamericanos, y los medios visuales lo pronuncian igual. Éstos, con presiones de todo tipo, entre las que figura la lingüística, -¡esa i de Bin despuntando como un cuerno de diablo¡- nos imponen una guerra basada en la razón del ojo por ojo y diente por diente. Raro. Fernando Lázaro Carreter aún no lanzó un dardo contra esta palabra. Aunque no descartamos que honradamente crea que se trata de una denominación justa, cuando lo es de infinita tristeza. Ya que estamos rozando la literatura, y me gusta comentar lo que descubro, les diré que mis obligaciones profesionales me llevaron a leer una novela española recién publicada en Francia. Despertar con hormigas en la boca, como se titula esta obra de Miguel Barroso. Me trae a la memoria la frase de André Gide: «Todo ha sido dicho, pero como nadie escucha, hay que repetirlo varias veces». La acción transcurre en La Habana de los años cincuenta, poco antes de la revolución castrista. Caos y decadencia de la capital en los estertores de Batista. Una ciudad en manos de la mafia. Repleta de casinos, en la que proliferan las casas de juego, la prostitución e impera el dólar: y en esto aparece Fidel. A Cuba llega en ex-presidiario español Martín Losada en busca de un tesoro que supuestamente guarda su amigo Albert Dalmau, con quien se había dedicado a robar bancos para vengar la derrota militar de nuestra República. Con un estilo barroco, profuso, recargado a veces, Alejo Carpentier ya había descrito en La consagración de la primavera, hace unos treinta años, el ambiente decrépito del precastrismo. Barroso nos propone un relato directo y no exento de humor, dentro de la mejor tradición del género policial. Comparando ambas novelas advertimos que la progresión circular de la literatura es igual que la de los pueblos. Esperamos que en Cuba el movimiento se haya dado en espiral ascendente, y que algo se avanzara en casi medio siglo. Y pues que en libros estamos, otro que tuve que leer, y con agrado también, lo publica Anagrama: La República mundial de las letras, de Pascale Casanova. Todo crítico literario y amante de las letras habría de leerlo, poco a poco, acostumbrándose a su fecunda aridez. Descubrirían una manera distinta de contar la historia literaria: como el relato de una lucha compleja y paralela llevada a cabo por cada escritor, por cada literatura nacional, para llegar, también en espiral, hacia una literatura planetaria. Y leerían frases vertiginosas como ésta de Henry James: «Hace falta mucha historia para producir un poco de literatura».