XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
21 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Cada vez es más evidente que la guerra de Afganistán se está haciendo a la medida de Occidente: para combatir al terrorista que se nos fue de las manos, para reordenar y controlar la zona más caliente de la Tierra, para advertir y escarmentar a los que se niegan a ver la política internacional como una película de buenos y malos, o para dar plena satisfacción -panem et circenses- a los electores. Pero, aunque se siga combatiendo en el entorno del Hindu Kus, en ningún caso se trata de una guerra contra los afganos, verdaderas víctimas de un conflicto cruel e interminable, ni a favor de los afganos, a los que sólo se les ofrece cambiar un fundamentalismo tiránico y miserable por un caos de dictaduras igualmente miserables. Sólo así se explica la terrible frialdad con la que estamos analizando un conflicto que, habiéndose cebado con millones de personas hambrientas y desplazadas, y habiendo arrasado ciudades y regiones enteras, se nos presenta por los medios de comunicación como un hábil juego de estrategias entre el gato Bush y el ratón Bin Laden, o como si esa inmensa e injusta masacre que envuelve a millones de hombres, mujeres y niños inocentes no fuese más que el precio inevitable de la paz y el bienestar de nuestras opulentas sociedades. Pero, por mucha que sea la justicia y la razón que nos asiste en esta desgraciada contienda, no deja de parecerme una inmoralidad colectiva que la muerte de un reportero, que se fue voluntario al conflicto, pese más en nuestras consideraciones y lamentos que el dolor de un inmenso pueblo abocado a décadas de tiranía, angustia y muerte. Y tampoco llego a entender qué carajo de libertad de prensa defienden unos medios que, después de aceptar el escamoteo de imágenes y la censura que se ejerce sobre los hechos del 11 de septiembre y sobre nuestra presencia en la guerra, envían a sus trabajadores a buscar las imágenes y las anécdotas de la masacre de Masar-i-Sharif, del arrase de Kinduf o del cuerpo a cuerpo de Kandahar, donde el fanatismo talibán se cebó con muchá más saña que en las torres de Nueva York. Sólo Dios sabe cuanto dolor me produce el asesinato de Julio Fuentes. Pero no por eso dejo de sentir un profundo asco ante las lágrimas de cocodrilo que vertemos por nuestros audaces reporteros y por nuestra grosera libertad de expresión, mientras tratamos como simples cifras a los que están allí, en su tierra, a merced del hambre, del frío y de las bombas, sin una sóla oportunidad para saber por qué les matan. Por eso necesito decir que, en el marco cruel y desbordado de la guerra, la muerte de un reportero no puede ser más que otra muerte. Salvo que se estime que el hecho de nacer afgano es una imprudencia que se paga con la vida.