ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
20 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Maragall, obsesionado con la reforma del Senado. Zapatero, preocupado porque Maragall no le reviente el partido por los costurones de la cuestión territorial. Aznar, encabritado con Rodríguez Zapatero, que quiere adueñarse del patriotismo constitucional. Ibarretxe, encolerizado con Aznar a quien acusa de haber puesto a Jiménez de Parga en la presidencia del Constitucional, para que se meta desde allí con los lehankaris de Oklahoma. Y Jiménez de Parga, preocupado por la fortaleza del Estado. Es la fiebre ruritana. Jiménez de Parga, preocupado con la fortaleza del Estado. Pujol, molesto por sus desacertadísimas palabras. Arzalluz, decepcionado con Pujol, que ha dejado al PNV en la cuneta. Aznar, endemoniado con Arzallus, que pretende reeditar el Pacto de Lizarra. Zapatero, maliciándose que lo que Aznar ansía es resucitar la España de Agustina de Aragón. Y Maragall, maliciándose, a su vez, que lo que ambiciona Zapatero es reconstruir una España en la que no cabría una Cataluña nacional. Podríamos, claro, seguir con otra, y otra, y otra ronda, hasta cansarnos. Y es que la fiebre ruritana ha prendido en nuestra clase dirigente, hasta ponerla en un estado de delirio general. ¿Ruritania? No existe Ruritania. No, Ruritania es, en realidad, una invención de Ernest Gellner autor de un libro excepcional, Naciones y nacionalismo, que ilustró una de sus tesis esenciales -la de que es el nacionalismo quien engendra las naciones, y no al revés- con la fábula genial de la creación del nuevo Estado ruritano a partir del previo imperio de Megalomania. «Ningún rasgo transmitido genéticamente o arraigada costumbre religiosa diferenciaba a un ruritano instruido de un megalomano instruido», escribe Gellner, con un humor que es puro vitriolo. Pero da igual: la existencia de un partido nacionalista ruritano echaría a andar todo el proceso de construcción identitaria y de fijación de mitos diferenciadores que sirve al nacionalismo para surgir, crecer y mantenerse. ¿En qué se diferencian, en España, un zamorano y un alavés instruidos? ¿O un campesino gallego y otro leridano? En lo mismo -en todo o nada, según se mire- que se diferencian un asturiano, un parisino, un calabrés y un neoyorkino. ¿Hay, pues, en España una razón que explique esa fiebre ruritana que mantiene a nuestra clase dirigente en un angustioso sin vivir? En efecto, hay una razón: que los nacionalistas han conseguido convertir sus obsesiones en parte esencial de la agenda oficial de este país. De la oficial, claro, que no es la de los millones de españoles a quienes esas obsesiones nos parecen ya cosa del pasado: del paleolítico, para ser algo más precisos.