RAMÓN PERNAS
18 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.En Galicia, San Martín es mucho más que una fecha en el calendario, es la referencia a toda una cultura campesina y rural a punto de extinguirse. Significaba la proclamación del invierno con su cohorte de lluvias y fríos, de orballos y brétemas, la matanza tenía lugar en los días o semanas inmediatas a la fiesta del santo que compartió su capa con un pobre para librarlo del frío. A Cunqueiro, que tenía devoción por Martín y Martiño, se le antojaba que la capa de aquel soldado romano fuese roja como creía haberla visto pintada en un cuadro de Pico de la Mirándola que sólo existía en su fantasía. A mí se me ocurre pensar que la capa era parda como los noviembres y los inviernos, de ruda estameña para el abrigo de las noches que antaño poblaban el país con cuentos de lobos. No tengo memoria de la despensa popular que significaba la matanza. El cerdo siempre fue el mejor aliado coquinario del pueblo gallego. La materia prima más celebrada, el mejor de los recursos para saciar las hambres. Desde el humilde unto para sazonar el caldo hasta el rabo concebido como apéndice final y último del animal, en esta tierra se rinde pleitesía a la cultura gastronómica del cerdo, tótem definitivo de nuestra identidad. Dicen por Castilla, que de tan egregio animal, hasta los andares. No sé si todavía el rito de la matanza continúa oficiándose. Tengo lejanas referencias de los días grandes, de la fiesta atávica que se iniciaba con la llegada del matarife por los días de San Martín. Se comía, cocida la sangre espesa junto con el hígado. El resto de la carne se ponía en salazón y las viandas duraban un año entero. El esplendor económico, la grandeza, la riqueza de las casas se medía por la cantidad de cerdos que mataban cuando el invierno estaba recién inaugurado. Hoy, supongo que esa práctica debe ser sólo una referencia etnográfica y antropológica. Es la misma Galicia de los magostos, que asa las castañas en las lareiras para prolongar la luz menguada de los días de otoño. Martín y Martiño, santo y seña, nunca mejor dicho, de una identidad popular. Por tierras de Foz existe una basílica petrucia, sede primera de la diócesis del obispo Guevara, iglesia de San Rosendo y Gonzalo de Dumia que se hicieron santos en esa sede hundiendo flotas normandas. Allí San Martiño, señor de Mondoñedo tiene, ya va para diez siglos, su advocación y su fuente de agua clara y milagrosa. Ahora, un puñado de entusiastas quiere solicitar «a quien corresponda» que la vieja basílica sea declarada Patrimonio de la Humanidad. Propuesta a la que me adhiero en estos primeros días de un invierno novicio que este año llegó con adelanto a las duras tierras castellanas que es donde yo moro.