SUSANA FORTES
17 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.El viento hace oscilar peligrosamente los semáforos entre Ryan Street y la avenida McNeese, zarandea los cables de la luz, agita las banderas a la entrada de un McDonalds casi vacío. Nudos de autopista, puentes de hormigón sobre los que pesa la última amenaza, barriadas de casas de madera con la bandera americana ondeando en los porches, hamburgueserías rodeadas de explanadas ilimitadas de aparcamientos... A la izquierda, el pequeño letrero de neón se enciende y se apaga con destellos verdes: Y-E-S-T-E-R-D-A-Y. En esta noche desierta eso es lo mismo que ver un faro en el océano o la lucecita de una casa al final del bosque de los cuentos. Los cristales de las ventanas están empañados, el interior es cálido, denso de voces. En la máquina de discos suena a todo volumen la voz de Aretha Franklin. Algunas parejas bailan, una mujer negra de mediana edad sostiene una jarra de cerveza en la mano y ríe a carcajadas con ademanes de camionero, en la barra un tipo silba cavernosamente el blues que está sonando sin perder de vista la puntera de sus zapatos. Parece que se hayan refugiado en esta isla todos los locos de Louisiana, los que desafían las recomendaciones oficiales del plan de alerta nacional y no se encierran en sus sótanos antinucleares al anochecer: música, una cerveza negra colmada de espuma, el placer antiguo de observar a la gente y después ese cambio repentino de ánimo que lo vuelve todo hospitalario en los viajes, cuando se está a medio camino de ninguna parte. A la entrada de los lavabos hay un teléfono público con pequeñas teclas de metal. Ahora es medianoche en Manhattan bajo las cenizas de los muertos, pero mirar el reloj no sirve de mucho. En la memoria y hasta en la conciencia permanece la hora del viejo mundo: el cielo desplomándose sobre Afganistán. Marea baja en las playas del Báltico. Nieva sobre Berlín. En Madrid son las ocho de la mañana... Se oye un breve rumor en el auricular antes de que suenen los pitidos de la conexión; luego, una señal más larga y aguda da paso a una cinta magnetofónica que anuncia en un inglés pulcrísimo que las comunicaciones internacionales han quedado indefinidamente interrumpidas. «¿Something wrong?», me pregunta un muchacho desgarbado con el pelo a lo rastafari que acaba de salir del lavabo. «Nada -digo con voz sonámbula como si hablara sola-, que creía que aún era ayer, pero ya es mañana». Por las calles desiertas, el viento arrastra hojas de periódicos con la velocidad de un calendario enloquecido: titulares, entrevistas al presidente, gráficos de misiles Tomahawk, informes bacteriológicos sobre el ántrax, noticias caducadas... En la noche de los tiempos un solo letrero luminoso continúa parpadeando: Y-E-S-T-E-R-D-A-Y.