GIBRALTAR, MON AMOUR

La Voz

OPINIÓN

PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS RINCÓN DEL VIENTO

14 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Los que peinamos canas todavía nos llevamos con el peine retazos del recuerdo de lo que Gibraltar representaba hace treinta o cuarenta años en la cultura oficial transmitida en escuelas y diarios, todo un fervor colectivo animado por los sucesivos ministros del ramo. El Peñón, en el marco de aquella testicular política de «si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos», era todo un símbolo de la Patria una, grande y libre. Una especie de talismán que debía unirnos férreamente contra la injusticia histórica y la agresión de la siempre pérfida Albión. Y aquello estaba siempre que hacía falta en la primera página de los diarios, ocultando tantas y tantas otras cosas. Luego vino la moda de aprender inglés, la ilusión de la integración europea, los veranos de Major en Candeleda, los amores de Aznar y Blair... y lo del Peñón se fue encerrando en la nevera hasta convertirse, como ahora, en un mínimo de discordia procedimental, que se trata de resolver en el «marco de países socios y amigos», sin contar, of course, con los gibraltareños. Y así nadie hace caso de un otrora tan trascendental asunto, que a todos nos parece, y bendito sea Dios, más peñazo que Peñón.