ROBERTO L. BLANCO VALDÉS EL OJO PÚBLICO
13 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Soy profesor universitario desde hace veinte años: en todo ese tiempo no recuerdo haber visto en ninguna facultad una pancarta de protesta contra ETA, ni a ningún estudiante solicitar un minuto de silencio en recuerdo por una de sus víctimas. Sólo una vez varios alumnos me pidieron que anunciase un acto de manos blancas exigiendo la libertad de Ortega Lara, lo que me supuso un duro choque verbal con sus compañeros radicales, que consideraron de un partidismo intolerable que su profesor reclamase la liberación de un pobre hombre que llevaba más de un año secuestrado. Desde que se produjeron los atentados de las Torres Gemelas y el Pentágono he observado en los muros universitarios docenas de carteles contra la barbarie occidental, la guerra imperialista y la coalición terrorista de las democracias del planeta. Pero ni entre ellos, ni entre los anuncios de concentraciones antiamericanas, actos de solidaridad con grupos musulmanes y coloquios destinados a denunciar la injusticia de la guerra, he logrado todavía ver ni un solo rastro de solidaridad con las víctimas del 11 de septiembre. Ni con los millones de personas que sufren en Afganistán la iniquidad intolerable de esa satrapía medieval instaurada por los talibanes en pleno siglo XXI. ¡Ni uno solo! ¿Quiere eso decir que nuestros universitarios están a favor de Bin Laden o de ETA? En absoluto. Quiere decir, únicamente, que en la Universidad, como en tantas otras partes, sólo alzan la voz unas activas minorías radicales, que han encontrado en la crítica a la democracia representativa, el respeto a los derechos y el estado de bienestar, unos enemigos a batir para defender su programa de caudillismo leninista, derechos en precario, y socialización de la miseria. Por entendernos, esas minorías que creen que Estados Unidos e Inglaterra son la reunión de todos los males, y Cuba el modelo de la bondad misma hecha régimen político. Es esta una deformación tan radical de lo que ocurre en el complejo mundo en que vivimos, que acongoja pensar que miles de chavales puedan llegar a creerse a pies juntillas el cuento chino de que es posible combatir el terrorismo sin perseguir a los terroristas con todo el peso de la ley. Yo también considero la guerra una catástrofe, y creo que debe acabarse cuanto antes, y que sólo un nuevo orden económico traerá tranquilidad a este planeta. Lo que, por cierto, es perfectamente compatible con pensar que los gobiernos democráticos tienen no sólo el derecho, sino la obligación, de eliminar unas redes terroristas cuyo objetivo es que cientos de millones de personas lleguen a vivir como viven hoy en Afganistán millones de mujeres.