VENTURA PÉREZ MARIÑO PUNTO DE ENCUENTRO
13 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Frank McCourt, el autor de Las cenizas de Angela, cuenta que en el propio barco que le llevaba desde Irlanda a Estados Unidos, cuando contemplaba el centelleo de las luces de América, de Nueva York, se le preguntó «¿Verdad que éste es un gran país?». «Lo es», le respondió el joven irlandés, hoy afamado escritor. Efectivamente, Estados Unidos es un gran país, hecho a sí mismo, colmado de cosas buenas y cosas malas, acostumbrado a que no le pase nada, a exportar sus beneficios y sus miserias, al que, quién se lo iba a decir, desde la intransigencia y la intolerancia se le ha introducido en su propia casa algo más que moscas cojoneras. Se le ha llenado de miedo. Cuando ayer a las 15.35 empezamos a conocer las noticias del avión Airbus caído, nadie se atrevía, pero nadie podía negar que todos los datos llevaban a la misma dirección: se trataba de un atentado. Sólo la necesidad de un milagro, la credibilidad del alcalde Giuliani y la persistencia en la afirmación por parte de las autoridades permiten a estas alturas mantener la esperanza de que se trata de un accidente. Nunca un accidente fue tan anhelado, tan necesario e incluso con independencia de que sea real, tan vitoreado. ¡Como si un avión no se pudiera caer! La hipótesis contraria, la hipótesis de un terrorismo internacional, conexionado o no, en lucha contra Estados Unidos y por ende, antes o después, contra todos nosotros, capacitado para hacer derribar un avión en estos momentos, es espeluznante. Y sin embargo parece posible. Qué duda cabe de que se puede entrar en Kabul, y en muchos sitios más. Pero con ello sólo logramos eso, vencer en una batalla, una más de la guerra. Lo que no parece tan fácil es matar de un espadazo las siete cabezas de la hidra, que se regeneran cada día que pasa. Máxime cuando el frente de la batalla es imprevisible. Desde el 11-S, refrendado con el ántrax y el 12-N, el miedo se ha instalado en la vida de los estadounidenses y por ello, a medio plazo, también en las nuestras. El lógico afán de seguridad, además de otros contratiempos muy graves, echará por tierra gran parte de los derechos y libertades individuales. De los derechos de aquéllos que más necesitan de derechos. Tal vez sea pedir peras al olmo. Pero en días aciagos como la tarde noche de ayer en la que el accidente/atentado hacía ver todo nublado, debemos recordar que es más útil la justicia que la venganza; la tolerancia que la intransigencia. No debemos cejar en la persecución a Bin Laden y sus secuaces, de la misma forma que no debe cejarse en la denuncia de la guerra discrecional.