XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA
11 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.El discurso de George Bush ante la LVI Asamblea General de la ONU fue una verdadera obsesión, como si Bin Laden hubiese inaugurado la historia, y como si el mundo fuese el contexto espacial en el que florece y nos asombra la nación americana. Los buenos, que son completamente buenos, están acosados. Y los malos, que son completamente malos, merodean y acechan nuestras casas, pertrechados con bombas atómicas, arsenales de gas venenoso y probetas con viruelas. Por eso hay que aparcar todos los problemas y todas las causas, frenar la libertad que nos hace débiles, y reconstruir el inexpugnable castillo en el que se guardan las esencias de la nuestra civilización, la democracia y la opulencia. Frente a esa obsesión casi infantil, el discurso de Kofi Annan fue una llamada al realismo y a la mesura, con una interpretación de la crisis hecha a la luz de la historia y de los retos reales de nuestro mundo. Ninguno de los graves problemas que tenía el mundo antes del 11 de septiembre (la pobreza, el sida, el analfabetismo, el hambre, las guerras, la proliferación de armamentos, la desigualdad entre los mundos, las migraciones, el terror endémico, las dictaduras, la violencia racial y religiosa y la destrucción del medio ambiente) perdió su gravedad con el ataque a las Torres Gemelas. Y sería como regalarle una victoria al terrorismo si la comunidad internacional cambia todos sus análisis y perspectivas al socaire de un hecho que cabe, con muy evidente holgura, en las casillas del horror que la humanidad genera y sufre desde que comenzó su historia. Sin habérselo propuesto, y bajo la apariencia de estar en el mismo bando, los discursos de Bush y Annan representan las dos cosmovisiones que se enfrentan en nuestros días: una regresiva, que tiende a abrir el abismo entre los mundos para entenderlos desde su radical confrontación; y otra progresista, que es consciente de que la globalización económica y política agudiza las viejas contradicciones del planeta, haciendo que regresen a casa todos los problemas que habíamos solucionado mediante su simple destierro hacia terceros países. La experiencia y la lógica están a favor de Kofi Annan. Pero los instintos y los reflejos responden mejor al discurso de Bush. Y por eso resulta terrible observar como las teorías de la democracia, la justicia y la libertad ceden con tanta facilidad ante este inesperado rebrote de militarismo que, más allá de las bombas y los fusiles, resurge en las pautas de comportamiento social, en las escalas de valores, en los principios éticos y en los cánones estéticos. Por eso es tan malo que Bin Laden ocupe toda la historia: porque nos impide recordar que ni Hitler ni Stalin fueron terroristas.