XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
09 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Si me paro aquí, en Galicia, no me gusta que Fraga se desentienda del problema universitario con uno de sus típicos desplantes, como si el diálogo con los estudiantes o los profesores fuese comparable a una negociación con los pistoleros de ETA, o como si la mayoría absoluta fuese una carta blanca para actuar durante cuatro años al margen de la realidad social. Un poco más allá, en Euskadi, tampoco me tranquiliza que Aznar rebaje su celo antiterrorista -basado en manifestarse, guardar minutos de silencio, proliferar los pésames, actuar sin fisuras y mirar de reojo a los nacionalistas- por el simple hecho de verse relegado a rezar desde el cuarto banco de la iglesia de Getxo. En el tercer círculo, el de Europa, me decepciona la forma en que se afronta la crisis política mundial, relativizando los criterios de serenidad y pureza democrática, y embarcándose en una carrera belicista -y por momentos xenófoba- que no augura nada bueno, ni para el nuevo equilibrio mundial ni para la unidad del sistema político europeo. En los Estados Unidos, que ya parecen el ombligo del mundo, me da cada vez más miedo el arrogante discurso del «conmigo o contra mí», en el que se basa y justifica el control de la información, la difusión del pensamiento único, la huída hacia adelante en la búsqueda de la grandeza perdida y hallada en las Torres Gemelas, y la proliferación de un modelo de patriotismo más bien hortera y escasamente constructivo que muchos europeos admiran y envidian con preocupante papanatismo. En la sociedad global, me causa frustración el no saber qué hacer con Afganistán, el haber perdido todos los horizontes que hace un mes sirvieron para iniciar la guerra, el ver cómo se preparan nuevos frentes que sirvan para tapar la sensación de esterilidad que se desprende de la gran masacre de los bombardeos, y el sentirme ética y estéticamente aludido por una confrontación entre dos formas de vida que se caracterizan por la más soberbia opulencia y por la más desesperante miseria. Vivimos un mundo enrarecido que, más allá de ETA, del Grapo, del polvorín paquistaní, del ántrax, de Israel y de las crisis locales de todo el mundo, da la sensación de estar mal pensada, peor ejecutada y pobremente liderada. Y, por si algo faltaba, parece que estamos dispuestos a tragar con la peor de las recetas: meditar poco, debatir nada, cerrar filas en torno a dirigentes desnortados, y ver el mundo a través de una nebulosa mediática que está más comprometida con el concepto de civilización auspiciado por Bush que con la verdad de la vida. Es como si le hubiésemos perdido el miedo a la guerra. O como si creyésemos y confiásemos ciegamente en la inercia de la paz.