RAMÓN CHAO
08 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Apenas una corta reseña en Le Monde sobre el caso del escurridizo Olano. Silencio en el resto de la prensa nacional francesa. Es conocida la versión de aquí: el mandato de captura no llegó a su debido tiempo. A mí me da que todo el despliegue informativo y las airadas protestas oficiales españolas responden a una política de espectáculo. De un lado se necesita demostrar que se hace algo, recabar ayuda. Y de éste, a más del relato de la famosa manifestación, el citado diario muestra la inquietud de las autoridades francesas por la penetración rampante de las tesis nacionalistas, no sólo en el País Vasco, sino también en Córcega y en Bretaña. Cuando digo rampante me refiero a la sigilosa invasión lingüística. Tiempo atrás, los medios de comunicación franceses dieron en utilizar términos como Iparretarrak (el Euzkadi Ta Askatasuna de este lado), lo cual era aparentemente anodino; un poco más sorprendente resultó ver escrito y oír tartamudear kale borroka y abertzale. Deberíamos recordar la divisa de Antonio de Nebrija: «Siempre la lengua fue compañera del Imperio». Así sucedió en el siglo XVI cuando el castellano ayudó a los ocupantes en la colonización de América; y así ocurre hoy, vueltas las tornas, en el enfrentamiento entre terroristas y el resto de la sociedad. Doy por sabida la importancia de los idiomas en los sentimientos y en la formación de las mentalidades. «En principio fue el verbo», dijo la Biblia adelantándose a Cisneros. ¿Cuántas veces no se nos recriminó en la escuela por hablar gallego? Y ahora se utilizan sin cuento vocablos del vascuence con los que casi se podría lanzar una proclama insurreccional. La prensa, la radio, la televisión, pueden protestar cuanto quieran, si de hecho apoyan a los terroristas utilizando de forma unánime términos como Euskadi, euskera, zulo, ikurriña, ikastola, etarra, ertzainza, abertzale, lehendakari, euskaldun, haika, kale borroka y otros muchos inventados por Sabino Arana, de los que me olvido y que irán saliendo. ¿Acaso no existen cuchitril, bandera, terrorista, policía, combatiente, presidente y violencia callejera? Añadamos los patronímicos Bilbo, Donosti, Hondarribia (por no citar todas las ciudades), cuando Bilbao, San Sebastián y Fuenterrabía forman parte del acervo del castellano. En Galicia se puede hablar gallego, en Castilla castellano y vascuence en el País Vasco. ¿Para qué se tiene un Instituto Cervantes si no es para desarrollar el uso del castellano y protegerlo contra la invasión de palabras ajenas? Yo no defiendo la integridad lingüística. Creo que todo idioma, como los grupos humanos, se enriquece con aportes externos, y en este caso serían deseables por lo dulces sonidos de algunas de esas palabras que rebajarían la aridez del castellano, pero se habrá de tener cuidado con lo que la lengua pueda acarrear, como el inglés, sin mirar más cerca. Francia no quiere convertirse en una caja de resonancia de los separatistas, que son malas las experiencias que tuvieron en este terreno. No hablemos de los corsos, cuya deriva es más mafiosa que política. Centrémonos en nuestros amigos bretones, en cuyas filas se encuentran hoy los más seguros protectores de los vascos virulentos. Desde que a finales del siglo XIX se creó el movimiento nacionalista bretón, siempre lo guiaron ideas elitistas y reaccionarias. Más tarde predominó en él el fascismo, y el proceso concluyó al cabo de la Segunda Guerra Mundial al surgir la milicia Bezon Perrot para luchar junto a los nazis bajo el pretexto falaz de que «los enemigos de mis enemigos son mis amigos». Se acaba de descubrir que Roparz Hemon, uno de los renovadores de la lengua bretona, como Sabino Arana con el vasco, fue uno de los 176 agentes de la policía alemana en Bretaña. Ahora, el Consejo general de la provincia de Finisterre está retirando su nombre de placas, calles y liceos. Así que, siguiendo por esta pendiente del idioma, llegaremos a hablar todos vasco y subrepticiamente se habrán impuesto ideas de violencia que no profesamos.