SUSANA FORTES PUNTO DE FUGA
03 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Hay actores que llevan su sino escrito en la piel como otros llevan las huellas digitales. Robert Mitchum, el actor, no el hombre, sino el personaje que acabó por colarse dentro de su alma, es el tipo que mejor ha sabido ejercitar la mirada como encarnación del punto de vista. Sus ojos podían ser duros e incisivos a veces, irónicos, somnolientos o tiernos, pero jamás inquisitivos, como si hubiera hecho realmente suya la máxima de que nadie tiene derecho a juzgar a nadie. Sus comienzos no fueron fáciles. Solía decir de sí mismo que su principal diferencia con otros actores es que él había pasado más tiempo en la cárcel. Fue minero, estibador portuario, cantante, poeta, saxofonista... En el mundo del escenario desempeñó distintos trabajos desde tramoyista hasta extra y actor secundario antes de convertirse en sex symbol. Pero aún después del éxito, Hollywood siempre lo miró de reojo, sin llegar a fiarse nunca de él. Cuenta la leyenda que era demasiado aficionado a la bebida, con un aura de rebeldía y dificultad en el trato que llegaría a hacerse proverbial. Pero algunos de los que lo conocieron bien dicen que detrás de esa coraza había un tipo verdaderamente leal, capaz de cualquier cosa por amistad. Poseía un sentido del humor que seducía rápidamente. Y por si eso fuera poco tenía además un pasado turbio como los personajes del mejor cine negro que representó en la pantalla. La semana pasada en una pequeña sala de Louisiana repusieron una de sus mejores películas, Cara de ángel, (no conozco un refugio más seguro que el cine cuando afuera llueve hierro): Robert Mitchum, consciente de haber cometido una falta irremisible, visita a la chica -Mona Freeman- para espiar su culpa. La encuentra en compañía de su mejor amigo. Aún así le suplica perdón sin demasiadas esperanzas. Efectivamente, es rechazado por ella. Entonces pronunciando un lacónico «De acuerdo, hasta nunca», se levanta y sale de la habitación. La cámara lo sigue durante un breve tramo para abandonarlo luego a su suerte. Nunca un actor ha sabido reflejar de modo tan elegante, la amargura melancólica del perdedor que sabe que su destino es seguir sufriendo. Recuerdo cuando en 1993 fue a San Sebastián para recoger el premio del festival de cine a toda su carrera. Maruja Torres en su crónica de El País contaba una divertida anécdota. Dos señoras de la buena sociedad donostiarra hablaban sobre el homenajeado. «Es el más grande de los que han venido» decía una. «Mujer, tampoco exageres, que aquí hemos tenido a Gregory Peck», replicó la otra. «Sí -contesta la primera con voz soñadora-, con ése yo me habría casado», y añade: «pero con Mitchum, casada y todo con el otro, me habría fugado a la selva». Yo también.