RAMÓN PERNAS
01 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Uno es, como bien señala Gabriel García Márquez, de donde tiene sus muertos. Y en ellos, añado yo, habita la memoria. Un conjunto cercano de recuerdos que no va más allá de nuestros abuelos. Nuestros muertos sólo son recordados un par de generaciones, después todo es olvido. Vivimos la muerte en nuestros hijos y tal vez en los nietos, o, al contrario, en padres y abuelos, y es entonces cuando el alma ya está preparada para transmigrar, para reencarnarse en animal o planta o para ser una línea de luz en el horizonte en un cielo donde se clavan con la noche las estrellas. En nuestra sociedad, caprichosa y mutable, no hay lugar para los muertos. Los difuntos no son ni siquiera una historia de vida, una historia contada en las noches de invierno. Los muertos y la muerte nos incomodan con su presencia, que no es más que una contradicción que subraya las ausencias. Galicia es una tierra fiel a la cultura de la muerte, magia y tradición constituían un binomio sagrado en estos lares paganos y sincréticos. De esa unión nació la Santa Compaña, la estadea que todavía vaga sin fin por los frondosos valles y las yermas corredoiras . De ese maridaje surgieron bellas historias y elementales supersticiones que poco han favorecido nuestro desarrollo como pueblo . Hoy, la Santa Compaña es sólo una hilera, una procesión de cadáveres de jóvenes fallecidos en accidente de tráfico los fines de semana. Estos días los camposantos del país gallego huelen a las tristes flores del otoño, y por las noches miles de pequeñas luces, de mariposas de aceite, de velas de cera que se apagan al amanecer, adornan la fiesta de los muertos. Estos días en los hermosos camposantos gallegos, pegados a los atrios de las iglesias, campesinos y populares, barrocos y humildes, en los cementerios costeros que como en un poema de Valery miran a la mar, lápidas y panteones se engalanan mientras se avivan los recuerdos. Después volverá el silencio En estos días, parafraseando otra vez a Gabo, los muertos, todos los muertos, tienen quien les escriba. Después volverá otra vez el silencio y esa inigualable paz que sólo existe en los huertos de cruces, en el párvulo cementerio urbano de Francfort que sólo es un monumento a la memoria, en el literario y parisino Pére Lachaise, en el túmulo colectivo del Colón habanero y grandioso, o en el entrañable y querido cementerio de mi pueblo, de eufónico nombre, la Altamira, donde ya para siempre reposan mis muertos más queridos, de entre todos ellos, mi madre, mi más notable ausencia.