LA SEGUNDA INCÓGNITA

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA

17 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Aunque las elecciones son como los partidos de fútbol -hay que jugarlas hasta el último minuto, son once contra once, no hay rival pequeño, los palos también juegan, el árbitro está en el campo y los goles fuera de crono también hay que contarlos-, casi nadie duda de que la victoria de Fraga está más que decidida, y que, siendo el resultado lo que importa, carece de importancia el hecho de que el PP se lleve la copa por un tanteo de 38 o de 42 escaños. Pero eso es el oro, como decía Matías Prats, y no sería justo pensar que aquí no se juega nada más, y que ya podemos abandonar el estadio para evitar aglomeraciones. Porque es lo cierto que, detrás de la lógica batalla por el ganador, que la lábil actitud del PSOE dejó muy devaluada, se esconde otra guerra de enorme trascendencia, capaz de devolverle a la noche electoral ese atractivo suspense que la descomunal fortaleza de los populares nos hurta. Hablamos, naturalmente, de la pugna por el control de la oposición, que, dada la identidad de objetivos y electorados, se parece mucho a una guerra civil. Porque, puestas las cosas como están, parece totalmente necesario que el enfrentamiento entre el BNG y el PSOE se haga a cara de perro -suaviter in modo, fortiter in re- ya que de ahí va a surgir la clave de futuras elecciones, el ambiente político de la sucesión fraguista y la definición de la estructura de partidos que puede poner fin a la calma chicha electoral que ensombrece el panorama político del Finisterre. Los resultados del PSOE Para los socialistas sigue siendo cierto que ellos son la segunda fuerza política de este país, aunque la plaza esté coyunturalmente ocupada por el nacionalismo de Beiras. Para ellos no hay duda de que su partido tiene naturaleza de alternativa y que está predestinado ab aeternum para liderar el posfraguismo. Y por eso necesitan uno de estos resultados: o un crecimiento espectacular que les permita hacer el discurso del efecto Zapatero y del cambio tranquilo, o un simple símbolo, en forma de pequeña reducción de la distancia que los separa del Bloque, que les permita repetir en los próximos comicios la monumental ceremonia de confusión que oficiaron en las elecciones de 1997 y en estas que se van a celebrar el domingo, y todo a la espera de que Rodríguez Zapatero llegue a la Moncloa, Fraga se retire, Beiras se harte y los electores cambien de criterio. Pero esa estrategia, que apunta las formas de un cambio tranquilo, les hace jugar a vida o muerte contra la hipótesis exactamente contraria: que el BNG aguante el tirón, aumente la distancia con los socialistas, se consolide como alternativa y deje a Pérez Touriño en la cuerda floja y a merced de los irónicos y patrióticos comentarios de Paco Vázquez. Si los electores no resuelven este asunto, o lo hacen con cierta timidez, nos queda mucho tiempo para marear la perdiz, y nadie nos librará de afrontar otras elecciones más bajo la dirección del posibilismo político del PSOE. Pero si los electores resuelven el contencioso al estilo vasco, señalando un claro vencedor, no quedará más remedio que acatar los hechos y traducirlos a una propuesta electoral que deje bien claras las alternativas. Así las cosas, les aconsejo que no abandonen el estadio hasta que el árbitro levante los brazos, y que ejerzan con todo entusiasmo el importante papel de jugador número 12 que la democracia les encomienda. Porque, aunque da la impresión de que solamente se juegan la plata y el bronce, no olviden que es ahora cuando se configura la próxima Liga. Por eso queda mucho partido, con un final vibrante, y con suspense garantizado.