CUANTO MÁS PAN MENOS DIENTES

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

16 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Todos los partidos se quejan de lo mismo: la gente no participa, y a los mítines únicamente van los que ya están convencidos, y toda la campaña se convierte en una especie de ceremonia estereotipada que cuesta mucho dinero, exige muchos esfuerzos y no mueve un solo voto. Pero ya se sabe que no hay regla sin excepción, y el Partido Popular pudo contar en su mitin de Pontevedra con un ciudadano que no estaba convencido de votar a Fraga, y que incluso intentó el mitin interactivo que Rodríguez Zapatero experimentó en Carballo. Y así, cuando el gran sucesor tenía a Pérez Touriño dialécticamente acorralado, preguntándole de dónde iba a sacar el billón y medio de pesetas que suman las facturas del «eu me comprometo» (un galegofalante siempre diría eu comprométome) surgió el espontáneo y le dio una respuesta -entre otras muchas posibles- que los del PP no supieron interpretar. ¿El resultado? Que la enorme masa de convencidos y entregados que asistían al mitin invitaron al infiel a salir del recinto y dejar libre su asiento para un digno y aplaudidor militante, y que, una vez comprobado que el díscolo ciudadano prefería seguir informándose antes de votar, llamaron a los servicios de orden -espero que no haya sido ni la Policía ni la Guardia Civil- y, privando al buen hombre de su derecho constitucional a participar en la campaña, lo aherrojaron a las tinieblas exteriores, donde será el llanto y el crujir de dientes. ¡Que error, que inmenso error! La lógica de un partido democrático habría sido exactamente la contraria: desalojar de la sala a todos los militantes del PP y dedicar todos los esfuerzos de Fraga, Cuiña y Álvarez Cascos a ganar el voto que les falta. Si Cuiña tuviese reflejos habría bajado de la tribuna y, después de mimar e invitar a comer a su interpelante, le habría soltado la consabida retahíla de obras que le donó a Galicia bajo la sublime dirección de Fraga: el puente de Rande, la Torre de Hércules, las universidades de Vigo y A Coruña, el pantano de Belesar, el faro de Finisterre, el castro de Baroña y el túnel de Montefurado. Y no tengo ninguna duda de que el desinformado ciudadano acabaría entregando al PP el único voto que les falta para redondear su victoria. ¿Para qué sirve una campaña si se echa del mitin al que no está de acuerdo? ¿Con qué autoridad se obliga a abandonar la sala a un español -así lo diría Aznar- que, si bien increpó a Cuiña, no hacía imposible la continuidad del mitin? ¿Acaso los ciudadanos pagamos la policía para que los políticos digan lo que quieran sin que nadie discrepe de sus promesas? La conclusión es evidente: Dios le da el díscolo a quien no tiene argumentos, igual que llena de pan a quien ya no tiene dientes.