XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
01 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.¿Qué tiene de malo carrexar votos? ¿Qué hay de censurable en el hecho de presentarse en casa de un jubilado de Cospeito, que vive a tres kilómetros de su colegio electoral, y llevarlo en coche a votar? ¿Qué pecado cometen los agentes electorales del PP si recorren el país casa por casa para explicar lo bueno y lo joven que es don Manuel, lo mucho que se sacrifica por todos, y lo guay que sería que lo votasen otra vez? ¿Qué diríamos de la Xunta y de las diputaciones si incumpliesen el mandato legal de facilitar el acto formal de votar? Nada de eso es malo, ni sospechoso, salvo que se dé por sentado que el ciudadano que se sube a un transporte público electoral, o aquel que abre su casa a un vecino del PP, es un tipo tonto de capirote y sin criterio político alguno, que le da lo mismo votar a uno que a otro, y que deja que le manipulen el sobre de votación mientras come un bocadillo de chorizo. Eso es lo que parecen decir el BNG y el PSOE cada vez que arremeten contra una práctica electoral que tiene mucho de moderno y de ejemplar, y que, desmintiendo sus infundadas sospechas, sólo se ha mostrado útil para quien tiene, de hecho, la confianza del electorado, ya que a ningún otro le dejan que los embauque, les convenza o les cambie la papeleta. Por eso hacen muy mal los socialistas y nacionalistas estrellando su frustración contra una práctica que ya no es electoralmente relevante, y cuya crítica resulta muy enojosa para quien es tratado como un subnormal profundo. ¿Qué pasa, que los vecinos de Vigo y A Coruña votan distinto y mejor que los de Dozón y Vilasantar? ¿Es que la CEOE, o los claustros universitarios están menos subvencionados y manipulados que los jubilados de Forcarei? ¿No sería mejor empezar la redención del país por esos clientes políticos que son periodistas, financieros, obispos, empresarios o jefes de servicio en un hospital? ¿Qué es peor, ir a votar en autobús o mendigar un congreso -¡más bien flojito!- a costa del Xacobeo? ¿No sería mejor vigilar la actitud clientelar de las cámaras de comercio y los colegios profesionales y dejar en paz a los sobrios aldeanos? Se trata de un tema, amigos de la oposición, que ya empieza a cabrear. Si perdéis una tras otra todas las elecciones, hacedlo, al menos, como Óscar Sevilla, con buena cara y felicitando al contrario, sin proyectar la derrota sobre el espejo cóncavo del carrexo de votos. El mal del país, y también el vuestro, está en eso que llamamos -¡vaya por Dios!- las élites intelectuales y empresariales y la jetiña autóctona y subvencionada. Esos son los que no pasan el examen de su función social y política. Los otros, los del microbús, hacen lo que pueden. Y bastante tienen con aguantarnos.