¿El viernes milagro?

La Voz

OPINIÓN

Roberto L. Blanco Valdés

30 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

La previsión es que el milagro habrá de producirse a fecha fija: no el jueves, día elegido en la cinta de Berlanga por aquella desternillante troupe de tramposos de la imaginaria localidad de Fontecilla, a la que un San Dimas con aura de cartón y blusón de fantasía _¡inconmensurable Pepe Isbert!_ debía sacar de su dolorosa postración. No, el milagro no será el jueves, sino el viernes, cuando comience la campaña electoral. ¿Un milagro? ¡Y qué milagro! El de la multiplicación de los líderes políticos. Imagínense. De la noche a la mañana, Fraga, Beiras y Touriño estarán por todas partes. Desafiando las leyes de la física, les veremos obrando el prodigio de un desdoblamiento que les permitirá, simultáneamente, comer pulpo y besar niños, inaugurar pistas y dar mítines, bailar en romerías y ofrecer a tirios y troyanos una solución para sus cuitas. Así son todas las campañas, y Galicia no iba a resultar una excepción. De hecho, quizá nuestra seña de identidad en este aspecto sea la de la nutrida presencia de foguetes. Sí, menos globos y más pólvora: eso es lo que nos define en campaña como pueblo. La pólvora de la que hablo es, claro, la de las bombas de palenque. Podría acontecer, sin embargo, que la campaña se viera perturbada por la presencia de otras bombas: las que quizá acaben por caer en esa zona del planeta dejada de la mano del Dios de musulmanes, cristianos y judíos, donde al parecer quiere ejercerse, tras décadas de destrucción y sufrimiento, una justicia infinita que podría acabar costándoles la vida a miles de personas inocentes. De ser así, ¡y ojalá que no lo sea!, díganle adiós a la campaña. O mejor: que los protagonistas de la misma _los tres mosqueteros de la Galicia federal del 2001_ se despidan de su público. Pues, ¿cómo competir con una guerra? No sería esa vivencia, si por desgracia llegara a producirse, una experiencia de la que no pudieran obtenerse algunas enseñanzas: entre otras, la de que metidos en nuestro pequeño mundo regional _donde algunos quieren convencernos que todo tiene su principio y su final_ corremos el riesgo de olvidarnos de que nuestras vidas dependen mucho más de lo que tendemos a creer de decisiones que se toman a miles de kilómetros de los pazos del Hórreo y de Raxoi.