Xosé Luís BarreiroRivas
30 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Lo más llamativo del estudio electoral que ayer publicaba este periódico no son los resultados que prevé -mayoría holgada para Fraga, medalla de plata, también holgada, para Beiras y farolillo rojo para Pérez Touriño-, sino la sensación de inmovilismo que se desprende de sus primeros análisis. Lo que vienen a decir los técnicos de Sondaxe es que aquí no pasa nada, ni cambia nada, ni se mueve nadie, y que sólo a base de ingeniosas combinaciones y pequeñas anécdotas se puede escribir una crónica que vaya un poco más allá del simple titular. Claro que, antes que nosotros, muchos países tuvieron largos períodos de continuidad política. Pero el trayecto de estas mayorías es casi siempre complejo, salvo en los casos muy contados de regímenes bipartidistas. Se empieza ganando escaños de forma progresiva, para disfrutar después de un cierto llaneo del voto. Más tarde se nota el desgaste del gobierno, y se propician coa~~liciones que modifican las pautas de gobierno y prejuzgan el cambio. Finalmente, como si de un proceso biológico se tratase, se pierden las elecciones, aunque a veces haya que esperar varias décadas para verlo. Así sucede, sin ir más lejos, en la política española, donde las dos legislaturas de UCD, las cuatro del PSOE y las dos de Aznar estuvieron llenas de variedad, incógnitas y sobresaltos, como si el electorado conservase en su mano el mango de la sartén. Nada comparable, creo yo, con esto que pasa en Galicia, donde ni se sube ni se baja, ni se modifican las alianzas, ni surgen nuevas fuerzas o nuevos líderes, ni se adivinan los episodios finales. Los resultados se repiten como las sardinas -¡y vamos ya para 16 años!-, las encuestas son perfectamente intercambiables, los indecisos son siempre los mismos, como si actuasen de adorno de una profecía cantada. Y por eso se repiten también las campañas, los mensajes, las pullas, las promesas, los programas y nuestros comentarios. A la hora de averiguar las causas de tanto inmovilismo, tengo la sensación de que el aterrizaje de Fraga en Galicia produjo un efecto similar al del meteorito que ocasionó la desaparición de los dinosaurios, y que sólo un cambio de era puede modificar la estructura del fuerte poder que nos domina. Es como si la política se hubiese ido de vacaciones, o como si estuviésemos resignados a seguir así hasta que Dios bendito pase página, dando por sentado que sólo un cambio radical de circunstancias puede retornar a nuestro voto su teórica eficacia. Y así seguiremos cuatro años más: hablando de la sucesión, haciendo porras electorales, pagando cenas a los amigos y haciendo encaje de bolillos con las encuestas. Todo, mientras el BNG y el PSOE se disputan, a cara de perro, la pírrica victoria de los que siempre pierden.