XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
27 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Poco a poco las aguas están volviendo a su cauce. O así parecía, al menos, hasta que el atentado contra el parlamento de Zoug volvió a activar el discurso belicista y los deseos de un escarmiento ejemplar. Aunque también es posible que las características de esta nueva masacre -inesperada en su lugar, forma y motivos- nos ayude a pensar que, lejos de enfrentarnos a un fenómeno único, estamos ante una cuestión de suma complejidad que exige más tino y acierto que vehemencia y fuerza. Pero la verdad es que, a medida que pasa el tiempo, el ardor guerrero empieza a enfriarse. Las llamadas a la reflexión y a la cordura tienen mejor acogida, la coalición internacional evidencia su heterogénea e ineficiente factura, y los estrategas recuperan -¡por fin!- el temor al avispero. Y quizá por eso, haciendo gala de una concepción pendular del análisis político, también empiezan a asomar los que, después de pasar varios días pidiendo guerra, se suman ahora a la balbuceante teoría de que los talibán están ganando su primera batalla. También se ve muy claro para qué sirve ponerse al frente de la manifestación, como hizo Aznar, y mostrar una ridícula fortaleza de gran líder ofendido. Porque las deferencias informativas que tuvo Bush con Blair, Schröder y Chirac no son necesarias con quien se entrega desde el principio, y sin condiciones, a la causa del poderoso. Por eso parece llegado el momento de preguntarse -con serenidad- por la realidad de la guerra. Porque no todo se reduce a ser -como dice la canción- gavilán o paloma, y porque no es bueno dejarse llevar por el discurso simploide de los que piensan que el mundo se organiza en buenos y malos y que todos los terroristas son iguales, como las langostas. Como recuerda Hans Küng en su último y precioso libro, estas cosas hay que analizarlas con plena conciencia de la autonomía de la política frente a las ciencias morales. No para evitar la responsabilidad ética que le es exigible, como a todo hombre, al militar y al político, sino para impedir que una visión angélica del mundo nos acabe llevando a un pacifismo irreal y utópico que sólo beneficia a los que ejercen la violencia ilícita. De nada vale el discurso pacifista que, partiendo de algunas concepciones estoicas y del cristianismo primitivo, trató de iluminar el orden terrenal desde la fraternidad universal. La idea de que cualquier guerra es peor que cualquier paz no es cierta, y encierra una peligrosa reducción de la moral a un solo principio, como si no hubiese valores -libertad, igualdad y justicia- que deben defenderse con la vida. En el otro extremo, tampoco valen las teorías de la guerra justa -necesaria, proporcionada e institucional- cuando tales criterios son apreciados y sancionados unilateralmente por cada uno de los contendientes. Porque con esa estratagema todas las guerras devienen en justas hasta que la historia descubre el señuelo de intereses que las provocan. Así las cosas, buscando un equilibrio entre el pacifismo utópico y la guerra como instrumento de acción política y económica, la clave consiste en analizar el uso de la violencia no por las causas que la provocan, sino por los resultados que de ella se obtienen, para llegar a la conclusión de que sólo es lícito el uso de la violencia cuando, además de ser el único y último recurso disponible, termina con la solución efectiva de un problema, y no con la generación de un conflicto alternativo. Si Bush pensase menos en las razones de su guerra -la matanza de Nueva York y el acecho del terrorismo-, y más en sus consecuencias previsibles -el incendio del polvorín afgano-, tendría por cierto que su guerra no es proporcional, ni la mejor alternativa, ni lleva a la solución del problema. Y se abstendría de reventar la caldera. En cambio no estaría mal que esos ejércitos internacionales tan chulampios empezasen a usar la violencia para terminar las infinitas guerras de Liberia, Angola, Eritrea y Somalia y evitar que se repitan situaciones como las de los Balcanes, Kurdistán y Afganistán. El terrorismo es la crisis irracional de una violencia apelmazada. De nada vale apagar sus luces si no se cortan sus raíces y se cierran sus escuelas. ¡Haciendo la guerra, si es necesario! Pero sólo al servicio de la paz.