MARÍA XOSÉ PORTEIRO
25 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Imaginemos por un momento que el fundamentalismo hispánico que salió vencedor del golpe de Estado contra la República hubiera reaccionado con acciones terroristas al bloqueo internacional de los aliados. Intentemos, entonces, vislumbrar las consecuencias de una respuesta a ese hipotético atentado en la misma clave que el gobierno Bush está planteando para replicar a los hechos del 11 de septiembre: confundir a toda la población de un país -o de varios países de una amplia zona- con la organización que ha puesto en pie de guerra a la primera potencia mundial. En ese caso, además de los estragos y sufrimientos derivados de la guerra civil y de la posguerra, España se hubiera convertido en un enorme cementerio donde miles de víctimas se sumarían a las producidas por la desgracia anterior. Cuántos niños y niñas inocentes, cuántas mujeres y hombres inmolados por una decisión que les sería totalmente ajena. Cuánta injusticia para justificar la justicia infinita de quienes se creyesen en posesión exclusiva de la bondad. En todo el proceso posterior a los atentados contra Estados Unidos, al hablar de actuaciones conjuntas, la ONU parece relegada a un mero papel de comparsa que acatará -casi sin atreverse a dar opinión- lo que decidan Bush y Blair. Las tímidas condiciones de Jospin, la afonía de Schröder, el entusiasmo de Putin, Aznar y Berlusconi, el pánico de Palestina, la ambivalencia de los países musulmanes... no dejan resquicio para saber cómo ven el problema países tan importantes -y con capacidad nuclear- como la India, fronteriza con la zona sobre la que se piensa intervenir, China o Japón. En todo caso, ha quedado claro que no se está hablando de una guerra entre estados posterior a una declaración formal de apertura de hostilidades. Se habla de una nueva forma de enfrentamiento calificado de sucio por quienes van a asumir la responsabilidad de tomar la iniciativa de respuesta. Se resucita la vieja moral del Far West que tanto tiene que ver con la filosofía del castigo que aplican los talibanes: ojo por ojo y diente por diente; capturar al enemigo vivo o muerto. Toda una lección que nos ilustra sobre la diferencia de fondo que motiva el llamado choque de civilizaciones. Al final, ambas actúan en nombre de la verdad absoluta. Se están poniendo en cuestión demasiadas cosas que creíamos ganadas con el paso del tiempo y el asentamiento de las democracias en el mundo desarrollado. La justicia aplicada directamente por el poder político es algo que se parece peligrosamente al terrorismo de Estado. La demanda de un tribunal internacional que juzgue los crímenes contra la Humanidad, tan reclamado al hilo de los procesos abiertos contra las dictaduras chilena y argentina, se ha quedado repentinamente obsoleta. ¿O acaso alguien se atreverá a cuestionar en el futuro la necesidad de pedir cuentas a quienes ahora se disponen a masacrar a la población civil de países con los que ni siquiera se está en guerra?