XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
25 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.El mismo Dios, al crear las cosas, les fue poniendo su nombre, como si éste formase parte de la cosa misma. La luz se llama día, y la oscuridad noche. Esto es una serpiente y aquello un ruiseñor. Este es varón y aquella hembra. Así, con variantes, lo cuenta el Génesis, dando a entender que sólo por el nombre se alcanza a comprender la realidad de lo creado. También George Bush, endiosado sobre el bien y el mal, le puso nombre a su guerra, para que todos veamos Justicia Infinita dónde sólo aparece la sed del escarmiento. Y hasta Bin Laden, que mata sin compasión y a ciegas, le llama santa a su guerra, como si necesitase convalidar masacres que sólo caben en el cielo. Detrás de cada nombre queda una filosofía. Y por eso voy a proponer un catálogo de nombres -algunos sorprendentes- para el conflicto que viene, para ver si nos ayudan a comprender sus complejos e intrincados motivos. Una denominación posible es la de guerra fría, que hasta ahora estuvo reservada para los equilibrios armados, la división ideológica y el champán de los espías. Porque es una guerra que se calcula con frialdad absoluta, para conseguir que los muertos de Kabul, de densidad 3, pesen más que los de Nueva York, de densidad 9, a razón de 3 colaterales por cada indiscriminado. Tambien le podemos llamar la guerra del cajón de sastre, porque nunca se dio una coalición tan heterogénea, donde los demócratas aparecen unidos con regímenes políticos incompatibles, estados que aplican el terror y la represión a sus propios subditos, líderes que quieren blanquear su currículum feroz y despiadado, países de segunda fila que no se atreven a disgustar a Estados Unidos, engolados teóricos que aspiran al G7, y aprovechados de diversa ralea que esperan resolver su problema particular. La tercera posibilidad es la de hablar de guerra local, porque si bien es cierto que los atacantes se extienden por todo el mundo mundial, los que van a llevar la malleira están reunidos en un punto insignificante del planeta, como si quisiesen facilitarnos un bombardeo eficaz y baratito. La guerra difusa es un nombre precioso, porque deja claro que, aunque no sabemos contra quien, la vamos a ganar. Tambien es fino lo de el gran salivazo, porque, además de implicar un cierto desprecio por un enemigo con cuernos, rabo y calderas de Pedro Botero, también advierte de la posibilidad de que una racha de viento inoportuna nos plante el escupitajo en la cara, cosa que, si bien no es grave, resulta de un ridículo espantoso. Muy clásico, pero muy certero, es lo de George Bush y la última cruzada, ya que, al tiempo que destaca la superioridad del cristianismo herido, también sirve para arrancar algo de botín y refundar la base militar de Acre. Pagando los derechos de autor, también se podría utilizar el título de la historia interminable, para destacar que la violencia engendra violencia, y que toda venganza sin justicia se convierte en combustible para el eterno retorno. Precioso, y muy certero, es lo del aprendiz de brujo, en recuerdo de aquella escoba embrujada que, partida por un hacha en mil pedazos, reprodujo su encantamiento en cada astilla, y multiplicó por mil sus amenazas. ¿Fino, verdad?. La guerra de papá es también un nombre guay, por tratarse de un conflicto hecho a la medida de un poder que, mientras coaliga con la boca pequeña, no deja de usar la boca grande para advertir que es autosuficiente, que hace lo que le parece oportuno, que no necesita el acuerdo de nadie para defenderse y que el que no está con él está contra él. El jaleo maniqueo también tiene su aquel y su rima, ya que es la escenificación de la lucha del bien contra el mal: el bien que vuela en un caza a mach-2, y el mal que va por las correidoiras lleno de hambre y aterido de frío. Por último, también se podría hablar de la guerra de la madre que los parió. Porque declarada inicialmente contra el humo, necesita ahora de la carne de cañón. Lo dijo Séneca: «No es consecuente responder a la mula con coces y al perro con mordiscos». Y si nadie está obligado a dejarse morder y cocear -esto lo digo yo- basta con actuar como personas y gobernar con altura. Esa que, con toda evidencia, no tenemos.