RAMÓN PERNAS
22 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Barras y estrellas de todos los tamaños y formatos, desde las digitales de Broadway hasta los humildes pins de solapa, inundan literalmente todo el paisaje norteamericano en ciudades y pueblos. Estados Unidos es una gran bandera a modo de sudario para envolver a los muertos y devolver a los ciudadanos el orgullo patriótico de pertenecer a un pueblo multirracial que tiene en su enseña nacional el santo y seña de su dignidad colectiva. Es la bandera de Iwo Jima y Okinawa, la de los tanques libradores entrando en Roma al finalizar la Segunda Gran Guerra, pero también la que lucía en el morro y en el costado el Enola Gay cuando soltó sobre Japón su carga atómica. Siempre las banderas precedieron a los claros clarines rubenianos para anunciar la llegada del cortejo. Son las banderas de Bienvenido mister Marshall, las mismas que portaban los madrileños en la Gran Vía cuando Eisenhower puso fin al bloqueo y visitó a Franco. Pero hoy esas enseñas azules y rojas con una estrella por cada estado de la federación, son la señal inequívoca de luto en perpetua media asta. La que señala la tumba civil de los miles de muertos que causó el terrorismo irracional y cruel en el más vil de los crímenes. Los americanos del norte, el pueblo de Norteamérica, es tan entusiasta como ingenuo y como todos los países jóvenes -apenas pasa de los dos siglos de existencia- posee tradiciones muy cercanas que han viajado desde la vieja Europa con los irlandeses, polacos o italianos que construyeron el país. Junto a las banderas, kilómetros de cintas amarillas adornan parques y bosques rodeando los viejos robles en recuerdo de los ausentes, a los que se han ido, a los que están lejos. No habría árboles suficientes en Galicia si esta tradición se trasladara a nuestra tierra, que ha visto a sus hijos emigrar a lejanas tierras para no retornar nunca. Pero al margen de este inciso, las viejas banderas victoriosas reclaman nuevos hitos. Son las que preceden a las fanfarrias y los himnos, las que ondean al viento junto a las nevadas montañas de un lejano y español Frente de Juventudes. Son las mismas, desafiantes, las de siempre. En el otro lado del mundo, la bandera verde del Islam recuerda a los creyentes que Alá, todopoderoso, sigue siendo el más grande. Y que la Guerra Santa está en el corazón del Corán para combatir a los infieles con el fanatismo y la sinrazón. Es la bandera de Bin Laden, la que promete uríes y miel y leche a quienes mueran en la lucha. A mí, personalmente, siempre me dieron miedo las banderas. Hay algo de tristeza en ellas, incluso en los gallardetes de los días de fiesta cuando adornan las calles con papeles multicolores que se van estragando con la lluvia. Pero de entre todas las banderas, mi país aparte, nunca me inquietó la americana con su cielo estrellado. Me parece la más alegre de todas las que conozco. Me tranquiliza.