VENTURA PÉREZ MARIÑO
19 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Cuando estalla un escándalo que coge por medio a un político, los partidos y militantes se dividen en dos bandos claramente diferenciados. Los propios, que argumentan a favor de la presunción de inocencia (confundiendo lo judicial y lo político) y defienden a ultranza que hasta que los tribunales no resuelvan no hay por qué dejar el cargo, y los contrarios, para los que el acusado no debe permanecer ni un segundo más. Obviamente, el investigado argumenta, como Camilo José Cela: «en España, el que resiste, gana». En la platea de ese escenario, contemplando el espectáculo, los ciudadanos, convidados de piedra, pero público para el que los actores representan. Y debajo de la concha del apuntador, los columnistas, tertulianos y comentaristas. Sin embargo esos convidados de piedra, los ciudadanos suelen ser los que acaban inclinando la balanza. Cuando los silbidos arrecian, vía encuestas o estudios de opinión, el cese o dimisión digna es inevitable. ¡Los espectadores no nos podemos quejar de nuestra capacidad de influencia! El caso de Pilar Valiente es paradigmático. Acudió sonriente al Congreso de los Diputados apoyada por los que la nombraron. De acuerdo con su versión, la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) había realizado todo tipo de loables actuaciones. Nada sin embargo más divergente con la realidad. La CNMV, órgano de control de los mercados financieros, no se enteró o no se quiso enterar de lo que pasaba en Gescartera. Es más, de acuerdo con las informaciones que han ido apareciendo, desoyó a sus técnicos y permitió aupar a Gescartera a una situación desde la que pudo seguir captando dinero sabiendo que no podría devolverlo. Y si a eso le unimos la creencia de que su actuación venía determinada por las relaciones familiares de Pilar Giménez-Reyna, es evidente que la señora Valiente no sólo puede con su actuación llegar a involucrar a la CNMV sino que incluso ella misma puede tener que responder en el orden ya no civil sino incluso penal. Con una situación de esas características, la única postura que le quedaba era haber dimitido en su momento, si ciertamente quería salvaguardar la institución que presidía. Pero no; aguantó más de dos meses. De ahí que su dimisión sea tardía. Y es que, además, la forma de su dimisión ha sido incorrecta. Quejarse en el comunicado de despedida de que en los últimos tiempos la han acosado no resulta aceptable. Si alguien la presionó ahora para que se fuera ha sido sin duda el que la nombró, al oír el griterío de la platea. Además, se olvida de que en el mundo político los contrarios tienen derecho a pedir el cese o la dimisión de un cargo. La señora Valiente tal vez debería dejar en paz al mensajero y preocuparse del mensaje. ¿Se habrá preguntado si su actuación fue correcta? En la respuesta tal vez encuentre la causa de tanto acoso.