PELIGRO GLOBAL

La Voz

OPINIÓN

MARÍA XOSÉ PORTEIRO

17 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

La tragedia americana ha ampliado los límites de su frontera. El dantesco panorama de Estados Unidos, escenario infrecuente de calamidades masivas, se ha superpuesto a las duras imágenes de días anteriores dominados por la noticia-denuncia de la hambruna de Guatemala. Pero un problema no debería impedirnos ver el otro porque aún siendo situaciones aparentemente distintas, ambas revelan la imposibilidad de convivir en un modelo único de sociedad con reglas del juego que han impuesto los más fuertes sin tener en cuenta las carencias y necesidades de los más débiles. Esto propicia que una situación imponderable como la sequía sobrevenida después de años de horribles tormentas, haya dejado al 46% de los niños menores de 5 años sumidos en la malnutrición crónica en Centroamérica, región donde pasan hambre de manera habitual un millón y medio de personas que forman parte de los 800 millones que en el mundo padecen desnutrición. El último y sobrecogedor Informe del Desarrollo Humano indica que al comienzo del tercer milenio la mitad de todos los niños del mundo está subalimentado, el 50% de toda la población mundial tiene que vivir con menos de 1.200 pesetas al mes, el 40% no tiene acceso a la electricidad, un quinto de la población mundial consume lo que quiere mientras que otro quinto sólo dispone del equivalente a 200 pesetas diarias y sólo el 10% de la investigación médica mundial se dedica a las enfermedades endémicas en el tercer mundo. Es la tragedia que no impresiona por su reiteración. La filósofa Adela Cortina anuncia que la globalización puede suponer «la culminación de un proceso en el que cada vez se abre más el abismo entre pobres y ricos, entre países que ya no interesan a nadie y países en los que la gente se lanza a consumir como loca». La distancia moral y material entre ambos mundos se ha hecho infranqueable y no parece que el orden internacional decidido por el bando de los poderosos se plantee intervenir organizada y conjuntamente para corregir la injusticia del hambre y la miseria generalizada en el otro. El occidente desarrollado sufre ahora la conmoción de un mensaje brutal enviado desde una zona paupérrima del globo que no parece pensada para reivindicar un cambio de la estrategia de ayuda y cooperación sino más bien para demoler los cimientos de un sistema que la ignora o manipula a su conveniencia. La recién inaugurada guerra-terrorista viene a reemplazar a la ya obsoleta guerra de guerrillas que suponía una respuesta singular de combatientes precarios frente a ejércitos organizados y bien dotados. La globalización también se traduce en una dimensión infinita del peligro. Si la réplica de Occidente se plantea sólo en clave bélica o contra-terrorista, sin diseñar un plan mundial de lucha contra la pobreza y la ignorancia, la stuación volverá a estallar en las entrañas mismas del sistema. Ochocientos millones de hambrientos en el mundo no desarrollado forman la una legión imposible de ignorar.