LA SEGURIDAD EN LA EDIFICACIÓN: MITOS Y LÍMITES

La Voz

OPINIÓN

JUAN PÉREZ VALCÁRCEL CATEDRÁTICO DE ESTRUCTURAS DE LA ESCUELA SUPERIOR DE ARQUITECTURA DE A CORUÑA TRIBUNA

16 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

El atentado terrorista contra las Torres Gemelas ha mostrado la preocupación del público por la seguridad en la edificación. Muchos se preguntan ¿Cómo es posible que edificios de esta importancia puedan colapsar? ¿Había algún fallo en los mismos? ¿No eran lo suficientemente resistentes? ¿No estaba previsto un accidente como éste? Muchas personas tienen en la seguridad de la edificación una fe excesiva. Los edificios se calculan para resistir los efectos que razonablemente van a actuar: su propio peso, las cargas sobre ellos, el viento, los terremotos y otros efectos, como los térmicos y reológicos. Para considerar los posibles fallos, las acciones se multiplican por un coeficiente de seguridad y para no sobreestimar la resistencia de los materiales se dividen por otro coeficiente. El resultado es que todos los edificios se calculan para acciones mayores que las que se van a producir y suponiendo que los materiales resisten menos de lo que en realidad soportan. Con ello podemos garantizar que un edificio es seguro. Pero esa seguridad tiene límites. Un edificio normal de hormigón armado tiene una posibilidad de siniestro de 1/33000, aunque esté correctamente calculado. Se pueden predecir comportamientos accidentales. En un edificio puede impactar un camión o estallar una bombona de butano. En ambos casos pueden producirse daños locales, pero no debe hundirse. En 1945, un avión B-25 se estrelló contra el Empire State sin mayores consecuencias. Pero en un incendio incontrolable no es posible garantizar la seguridad del edificio. Lo único posible es evitar la destrucción durante un tiempo que permita la evacuación del mismo. Pero además realmente los edificios resistieron el impacto. Consiguieron aguantar en pie después de que una masa de cientos de toneladas impactara contra ellos a más de 400 kilómetros por hora. Lo normal es que ambos edificios colapsaran inmediatamente. Y, sin embargo, uno de ellos aguantó más de media hora y otro más de una hora. Es mucho y a mí lo que me produce es admiración. ¿Podía haberse evitado? Creo sinceramente que no. Una vez que los edificios resistieron el impacto, cosa que por cierto no le sucedió al Pentágono, no había más solución que apagar el incendio. No fue posible y las consecuencias están a la vista. La seguridad en la edificación no es distinta a la seguridad en la vida: no hay seguridad completa. Incluso a los egipcios se les cayó la pirámide de Meidum. Y locos los ha habido siempre: en el año 356 a.C., el pastor Eróstrato quemó el templo de Artemisa de Éfeso, para inmortalizar su nombre. Tal vez fuera bueno recordar que además de condenarlo a muerte, lo condenaron a que su nombre fuera borrado de todos los testimonios. Una sabia medida, aunque poco eficaz, para evitar que en lo sucesivo le salieran imitadores, como los que hemos visto actuar el martes. Las soluciones para atentados como éstos no pueden venir de la técnica edificatoria. Bueno será que confiemos en la seguridad, pero siempre dentro de los límites. Al igual que en Medicina se puede alargar la vida pero no lograr la inmortalidad.