XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS / A TORRE VIXÍA
15 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Aunque solemos decir lo contrario, todos sabemos que la humillación es más veloz que el dolor, que se instala antes en nuestro corazón y que vicia la mente para lo que llega después. Los crímenes pasionales no se cometen por el dolor que causa la soledad, sino por un sentimiento de humillación que resulta insoportable. Y ninguna de nuestras reacciones de venganza guarda relación con el daño a reparar, sino con la conservación de un estereotipo social que no queremos perder. Un guerrero herido no siente la lanzada hasta después de la batalla. Y la falta de un ser querido no se hace dramática hasta que se cierra la tumba y terminan los pésames. Y eso, que es verdad para las personas, le pasa también al pueblo americano. El sentimiento del orgullo herido llegó a su corazón antes que el inmenso dolor de miles de muertes injustas y despiadadas. Y, a falta de la serenidad necesaria para interiorizar la catástrofe, todos corremos el riesgo de que la gran potencia del mundo empiece a actuar más influida por el orgullo herido que por el sordo dolor que roe sus entrañas. No se trata de discutir si la sociedad americana tiene pleno derecho a defenderse del terrorismo internacional con todos los medios que sean necesarios. Y, en mi caso concreto, tampoco tengo ninguna duda de que, aplicando la cláusula rebus sic stantibus, que tanto le gustaba a Bismark y a Kissinger, todo el mundo necesita la presencia de un poder capaz de garantizar el orden establecido y su cambio pacífico hacia el futuro. No es la primera vez que me quejo de la demagogia de algunos países europeos que, dando por sentada la inevitable intervención americana en Irak, Libia, Liberia o Palestina, se parapetan sin rubor detrás de sus ventajas, mientras hacen un discurso demagógico a la contra para no pagar las facturas. Pero precisamente por eso, porque son la clave del mundo actual y ejercen un reconocido magisterio en la interpretación de la democracia, tenemos tanta necesidad de que actúen con serenidad y acierten plenamente. El terrorismo se combate con fuerza. Y no tendría sentido limitar esa fuerza a priori hasta poner en cuestión el éxito de sus objetivos. Lo que no se puede hacer es declararle la guerra a Bin Laden y, además de hacerle el favor de institucionalizarlo, quedar condicionados por unas reglas que resultan completamente ineficaces frente a un enemigo invisible, cruel y sanguinario. Si hay que hacer guerra no queda más remedio que declararla, determinando un enemigo y unos objetivos que sólo pueden estar referidos a un poder territorializado y organizado. Lo otro hay que resolverlo con los mismos instrumentos que usamos para perseguir mafias, narcotraficantes y paramilitares, dando estopa sin contemplaciones pero con la vigilancia legal de los jueces, sin alterar el status político y económico internacional, y sin abrir la puerta a las excepciones y riesgos que se cuelan en nuestra casa en cuanto se abre la puerta de la guerra. Si alguien quiere luchar contra el terrorismo, y ayudar a la defensa de los Estados Unidos, que, en vez de hacer o jalear discursos de guerra, se avenga a internacionalizar las policías y la justicia. Porque el camino y la defensa de la paz tiene que ser mucho más largo y estable de lo que se consigue con una guerra relámpago que concluye con una victoria total. Colin Powell sabe muy bien que la victoria solamente tiene valor si sirve para la paz. Y por eso representa hoy, con su poder y su prestigio militar, una esperanza de buen hacer en la solución del conflicto. Aunque también hay que recordarle un gazapo que, de haberlo dicho en West Point, le habría costado un suspenso. «La fuerza bruta -dijo Powell- es una opción, no la única». Y lo que le enseñaron en West Point debió ser esto otro: la fuerza bruta es la ultima ratio, cuando ya no quedan más opciones.