LAS COLUMNAS DEL TEMPLO

La Voz

OPINIÓN

RAMÓN PERNAS / NORDÉS

15 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

La cultura histórica anglosajona fija el comienzo de la Edad Moderna en 1453, fecha en que los turcos conquistan Constantinopla. Nosotros, los españoles de postguerra, teníamos otro dato: 1492, que coincide con el descubrimiento de América. Pues bien, el martes día 11 comenzó para Occidente, para los habitantes del antes llamado mundo libre, la Edad Postmoderna. Quizás, coincidiendo con Toynbee y otros fabricantes de best sellers como Irving, Clancy, King et altri, la guerra mundial más reciente, la tercera de las grandes guerras, la del quinto jinete apocalíptico, duró sólo unas horas del martes 11 de septiembre. Pero lo peor de las guerras son las secuelas que dejan las largas postguerras. Hay un miedo atávico registrado en los ADN de los europeos. Tememos las represalias, las venganzas, las leyes del talión todavía vigentes. En nuestra memoria colectiva están Coventry y Guernica, y un odio latente que habrá que serenar antes de que el nuevo orden dicte unanimidades políticamente correctas. Sólo con la razón y desde la libertad podemos combatir la vesania de los ejércitos invisibles de la internacional del terror. Ya no hay lugar para el romanticismo épico de los ejércitos secretos y las milicias clandestinas. Todos somos víctimas y a la vez culpables. Culpables de asumir una sociedad dual, de no conmovernos cuando el hambre, la muerte y la miseria se asoman a los telediarios de nuestros televisores. Víctimas de lo mismo, de una insensibilidad consentida a fuerza de imágenes reiteradas. Y a partir de ahora somos además cómplices. Nuestra complicidad se basa en hablar de pobres y ricos, de desiertos y oasis, de pedir sentido común cuando sólo se dictan consignas. Un antes y un después definirá las líneas maestras de la próxima, inminente historia de la Humanidad. Y si el primer suicida, como relata la Biblia, fue Sansón, que derribó las columnas del Templo para autoinmolarse a la vez que asesinaba a un buen puñado de filisteos, esas columnas son hoy las Torres Gemelas de Nueva York, que sostenían la gran cúpula del mundo de los negocios, el Templo de todas las economías. Hoy más que nunca hay que poner punto y final a la estrategia de la muerte, al fanatismo que nada redime; hay que poner punto final a los muertos inocentes. Todos morimos un poco bajo los escombros del World Trade Center, porque pensamos con Camus que la muerte de un hombre es la muerte de toda la humanidad y en Nueva York y Washington los muertos se cuentan por miles. Por todo ello estamos convencidos de la vigencia de los principios de la Enciclopedia, que tiene en la razón, en la libertad y en la solidaridad sus más claras referencias, para hacer de este viejo planeta un mundo más habitable, donde el miedo y el dolor gratuito sean desterrados.