PACO SÁNCHEZ TRIBUNA
14 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.La peor respuesta posible a lo ocurrido el día 11 es la venganza violenta. Ese lenguaje lo conoce perfectamente el adversario. Es, de hecho, el que mejor domina. Por eso lo utiliza. Y porque sabe que sus armas, ahora, son más poderosas que las nuestras. Debemos partir de un hecho: no hay una sola cabeza, un solo corazón occidental que soporte la idea de pilotar un avión con decenas de inocentes a bordo hasta estrellarlo, a no ser que haya perdido la razón. Para hablar con rigor, esa idea no cabe, por lo menos, en nadie que se haya criado en una cultura de origen judeocristiano, aunque no sea occidental. No cabe, por ejemplo, en la mente de un filipino. Y ahí anida el problema. En que no luchamos contra un ejército más o menos equipado, sino con una cultura. Una respuesta violenta encaja en las claves primitivas que maneja esa cultura. Sería seguirles el juego. Es precisa una respuesta esencialmente cultural. El occidente ha ignorado el problema islámico durante decenios hasta que nos ha explotado en la cara. Son incontables los genocidios de origen musulmán que se han cometido, sobre todo en África -¿Qué ha pasado con los cristianos de Sudán?- y Asia -de un modo particularmente cruel, en Indonesia-, ante el silencio de Europa y América del Norte. Sólo en un caso se produjo una tímida reacción: en Timor. Han aprendido que nos hemos vuelto egoístas -sólo nos interesa lo que nos atañe directamente- y codiciosos: les vendemos armas porque su dinero nos vale como cualquier otro, y miramos para un lado con tal de que no peligre el suministro de petróleo. Nuestro egoísmo y nuestra codicia -debilitamientos de nuestra cultura- conspiran contra nuestra propia seguridad. Hemos fabricado, en un sentido real y metafórico a la vez, las armas que apuntan a nuestras barrigas. Encima, mientras que nosotros apenas podemos circular por los países que controlan -y, si lo hacemos, debemos respetar su intolerancia cultural-, ellos deambulan sin especiales problemas por los territorios de nuestra libertad. Y prosiguen, aquí con otros sistemas, la misma táctica expansionista que les ha llevado a convertirse en una de las religiones más pobladas del mundo. Su error no merece nuestro respeto, pero ellos sí. De su error debemos defendernos. Y esa defensa debe ser, en primer lugar, cultural. Hacia dentro y hacia fuera. Y en eso aún podemos ser más fuertes. Porque su cultura, montada sobre algunos supuestos antropológicos falsos, no es compatible con un mundo desarrollado ni, en ciertos aspectos, con la mera dignidad humana: basta con ver el triste sometimiento de sus mujeres. Ocurre que no es políticamente correcto escribir -en la sociedad relativista, sincrética y falsamente tolerante que hemos construido- lo que antecede. Otra debilidad. Somos capaces de borrar un país del mapa por venganza -un reflejo precristiano-, pero no tenemos la valentía de llamar al mal por su nombre, ni siquiera al error. No disparen, por favor. Nos devoraría una espiral que -además de contraria a nuestras raíces- puede empujarnos a cualquier infierno. No respondamos como críos o como cowboys. Tampoco con intolerancia frente a la intolerancia. Respondamos del modo más difícil: como hombres prudentes. Apuntemos al corazón de los problemas no al de las personas. Y empecemos por un profundo examen de conciencia.