Enrique Curiel
11 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.El mundo asiste sobrecogido, asustado, a la crisis más grave producida en las últimas décadas. Una masacre, una gran catarsis violenta con un número de muertos que ignoramos, nos ha situado de pronto, de forma fulminante, ante la realidad de un mundo que no es capaz de gobernarse. El ataque a Nueva York, Washington y otros lugares de los Estados Unidos, es algo más que un atentado terrorista. Es una crisis global que afecta a la seguridad, a la economía, y a la percepción psicológica de vulnerabilidad de nuestras democracias del primer mundo. Las bolsas se hunden, el precio del petróleo se dispara, los gobiernos están desconcertados. ¿Quién es el responsable? ¿quién es el enemigo? ¿dónde está? Es un enemigo invisible; es un cambio de mundo que aparece cruzado por nuevos problemas que son capaces de desencadenar crisis globales de impredecibles consecuencias. No sabemos quiénes son los responsables de un ataque coordinado de tal envergadura. Lo que podemos afirmar es que hemos entrado violentamente en el siglo XXI, un siglo que sufrirá las consecuencias de la era de la globalización. Globalización de la economía, de la política, del hambre y de la violencia. Esa es la realidad que no deseamos ver, que nos molesta. No queremos abrir nuestras economías, no queremos inmigrantes, no queremos hombres o mujeres de color que se mezclen con nuestros hijos. ¿Qué queremos? Creíamos que la caída del muro de Berlín y el final de la guerra fría, significaba el inicio de una larga era de paz, seguridad, estabilidad y crecimiento económico. Pero la imagen de la isla de Manhattan convertida en una cárcel de humo, nos ha despertado. Significa algo más que el resultado de un ataque de un grupo de fundamentalistas de cualquier orden. Es la expresión de un fracaso. El fracaso que corresponde a la incapacidad de una generación de políticos para abordar los problemas de un mundo que cambia a velocidad de vértigo, con nuevos problemas globales que no pueden ser respondidos desde la unilateralidad. La gran paradoja moderna nos amenaza a todos. Jamás la civilización humana ha tenido la capacidad de generar recursos, alimentos, educación, información como ahora. Y sin embargo, la distancia entre los países pobres y ricos se incrementa, los problemas de la alimentación mundial se multiplican, también los medioambientales, las crisis monetarias, el empobrecimiento y el hambre de millones de seres humanos, como en Centroamérica, es una realidad. Entramos en la modernidad bajo el calambrazo de una oleada de aviones-bomba que convierte al escudo antimisiles de Bush en un arma inútil, obsoleta, que pretende responder a un peligro convencional que no vendrá de ninguna potencia pequeña o media. La inseguridad mundial, las crisis globales, tendrán su origen en el problema Norte-Sur, en la incapacidad para evitar guerras locales como Palestina. Ya no existen guerras locales. De ahora en adelante las guerras locales, también serán guerras globales. La imagen del presidente de los Estados Unidos encerrado en el avión presidencial por motivos de seguridad, Air Force One, dirigiendo la crisis, constituye el símbolo más dramático sobre la fragilidad de un poder que se creía intocable. Y ahora, ¿qué hacemos?. La caída de las torres gemelas de Nueva York, es algo más que un símbolo. No es Pearl Harbour, es el naufragio de un orden mundial que no funciona, que ha fracasado, y necesitamos políticos con una visión amplia, capaces para imaginar salidas y soluciones para una nueva realidad global. Un nuevo orden mundial. Lo contrario será el caos. El pueblo norteamericano merece nuestra solidaridad. Y sus dirigentes deben comprender que viven en un mundo complejo con vecinos con los que tienen que convivir.