A LA UTOPÍA EN PATERA

La Voz

OPINIÓN

EDUARDO CHAMORRO

06 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Los modelos de desarrollo tienden a constituir sociedades fragmentarias o a fragmentar aquellas sobre las que actúan. De ahí que la fragmentación actúe como una transición de la tradición a la modernidad, aunque sin aclarar los límites entre una y otra. ¿Dónde acaba el alarde de tradición trilera tan rampante en Gescartera, para dar lugar a la modernidad operativa del chiringuito financiero? Es una ausencia de claridad que refleja, en mi opinión -y aparte de una moral también fragmentaria-, lo espinoso de dar por sentado un conjunto de rasgos según los cuales la sociedad deja de ser tradicional para convertirse en moderna, es decir, para verse en las condiciones de aprovechar sus sinergias y diseñar de un modo razonable la senda de sus cambios y transformaciones. ¿Hay ejemplos de lugares y tiempos en los que se hayan conocido esas condiciones y se hayan aprovechado para el diseño de las transformaciones? Parece que no. Más bien parece lo contrario. La capacidad para conocer y admitir lo conocido es limitada. Los árboles no dejan ver el bosque, ni el bosque permite la precisión del árbol. Tampoco es extraño a la experiencia humana que los árboles estén ahí y ahí esté el bosque, y junto a ellos, merodeando armadas hasta los dientes, las fuerzas de la ley que impide llamar al árbol, árbol, y al bosque, bosque. Las palabras precisas pueden ser una amenaza para las estructuras del poder y para las redes de los intereses que lo detentan. Por si eso fuera poco, la historia humana es también una acumulación de errores y sufrimientos acarreados por el ansia de proyección, planificación, diseño e ingeniería social, hasta el punto de hacer bueno y respetable un margen para que el instinto y el azar, la libre iniciativa y la imaginación prevalezcan frente a la norma que sobre las cosas dicta la ideología. No conozco ideología que sirva por sí sola para precisar el conocimiento exacto y el diseño debido de las cosas. De lo que sí sé es de la inquietud de las cosas y de lo relativo de todo conocimiento. Puede que la verdad sea única o un catálogo de sueños. Alguien dijo que la verdad es histórica, concreta y de clase, y a partir de ahí organizó una serie de utopías de partido con las que llenó las fosas comunes y, a continuación, ya más calmado, las penitenciarías. La verdad no ha llevado a ideología alguna a prescindir del dogma violento ni de los desmanes del despotismo. La verdad produce sofocones en quien la hace suya. Lo que aquí y ahora conocemos, como en cualquier sociedad cuya memoria haya dado en cautelas, es que nos movemos en una malla de verdades que tienen que ver con la retícula de una cierta prosperidad. No somos ni ricos ni pobres. Y la distancia entre la pobreza y la riqueza es una franja gradual rica en matices y ágil en el uso de la tarjeta del Corte Inglés. Somos una sociedad fragmentada en microsociedades a partir de los modos y maneras en que cada cual llega a final de mes y se deja las pestañas para cumplir con su fórmula de creación patrimonial. Cada una de esas microsociedades es una ideología que no pierde de vista a su microsociedad vecina, siendo todas, como son, diestras en disimulos y disfraces más o menos conscientes. El honesto convive con el abigeo y ambos toman copas con el esquizoide que se cree budista y sueña con matrimonios grupales. Puede que eso que se llama sociedad fragmentaria no sea sino una comunidad de individuos que se agregan y desagregan según una serie infinita de utopías minimalistas con nombres y números de identidad fiscal. Esa serie infinita de utopías no es lo mejor ni lo peor; quizá no pase de un mero polvo de estrellas. Pero hay gente que se juega la vida en una patera por ser una utopía más.