¿QUÉ ES EL ORDEN PÚBLICO?

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA

23 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

¿Se acuerdan ustedes de Mayor Oreja? ¿Saben dónde pasa el verano aquel hombre que parecía imprescindible? Poco a poco, sin estridencias, el nuevo estilo impuesto por Mariano Rajoy empieza a descubrir las miserias de una anterior estrategia que, basada en la simplificación y el análisis binario -«o me apoyas a mi o estás con los otros»-, estuvo a punto de dar al traste con la convivencia democrática. Ahora resulta que era posible dialogar con Xabier Balza, que la Ertzaintza no era una sucursal terrorista, que se puede hacer política sin provocar al PNV, que el lehendakari no es una marioneta en manos de Arzalluz, y que la paleta tiene muchos más colores que el blanco y el negro. Y hasta parece que vamos a poder andar por la calle sin ver sospechosos por todas partes, desde los púlpitos de las catedrales hasta las cocinas de los restaurantes. Para eso no hizo falta más que un cambio de actitud del ministro de Interior, que, libre de obsesiones personales, dejó de mirar la política vasca por el caleidoscopio de ETA. Pero hecho esto, que era lo prioritario, a Mariano Rajoy le queda otra tarea mucho más importante y compleja, dirigida a recuperar el amplio significado de la política de orden público. Porque llevamos demasiados años haciendo reduccionismo, como si la lucha contra el terrorismo justificase todos los errores y relativizase todos los problemas. Y eso nos llevó a una situación de incipiente deterioro que debe ser analizada. El orden público es un concepto amplio, que afecta al bienestar de los ciudadanos, al ejercicio de la democracia, a los mecanismos de relación social y a la seguridad del Estado. Y por eso me extraña que nadie se inquiete por esas cosas que empiezan a ser habituales en un país que fue ejemplo de lo contrario: mafias que campan por sus respetos, ajustes de cuentas que los ciudadanos asumen -¡uno menos!- como juicios paralelos, movidas nocturnas fuera de control, armas que relucen en cualquier contienda, trapicheos y mercados de droga más que consentidos, inmigración y fronteras en creciente conflicto, bandas criminales organizadas, juzgados convertidos en casa de tócame Roque, carreteras que parecen circuitos de velocidad, marcas falsificadas, propiedad intelectual pirateada, etcétera. Casi sin darnos cuenta, empezamos a perder espacios urbanos de convivencia y a cambiar hábitos de vida muy arraigados. Y todos tenemos la sensación de que, sin estar grave todavía, nuestra sociedad padece febrículas inquietantes. Y para eso tenemos también a Rajoy. Para que no se aturulle en la kale borroka y explique lo que pasa, por ejemplo, en la periferia de Madrid. Porque el cáncer es así: o lo coges a tiempo, o pagas las consecuencias.