CÉSAR ANTONIO MOLINA
14 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Después de las guerras napoleónicas, en 1816, el delfín Luis, futuro Luis I, llamó a Munich al arquitecto Leo von Klenze para darle a la capital un empaque de gran ciudad que todavía no tenía a pesar de albergar algunas joyas góticas y barrocas. El rey soñaba con revivir la antigua Atenas y para ello el arquitecto levantó magníficos edificios neoclásicos alrededor de la Königsplatz. Pero, al otro lado de la ciudad, en lo que hoy se conoce como Ludwigstrasse, el Renacimiento italiano fue su inspiración. Muchos de los edificios que bordean ambas orillas e incluso otros un poco más alejados, como la ampliación del Palacio Real que da a la Maximilian Platz y a la Maximiliam Strasse, recuerdan a otros de Florencia o Roma. Sin embargo, a mí, este paisaje urbano repleto de ciclistas me transporta a Ferrara. Son jóvenes estudiantes, la mayor parte de ellos, que acuden a las clases de la universidad como, no hace mucho tiempo, lo hacían compañeros suyos menos afortunados: los hermanos Hans Scholl y Sophie Scholl. Pertenecientes a un pequeño grupo pacífico de acción antinazi denominado La rosa blanca, se dedicaban a redactar, imprimir y distribuir panfletos. Un día de febrero del año 1943 se adentraron por los pasillos de su universidad cargados con un buen fajo de la sexta y última entrega y comenzaron a repartirlos. Mientras estaban llevando a cabo esta acción subversiva, un bedel alertó a la policía. Se presentó la Gestapo y ordenó cerrar todas las puertas. La caza duró poco tiempo. Hans compartía sus estudios de Medicina con la presencia en el frente como enfermero. Sophie, maestra de escuela, estaba inscrita como estudiante de Filosofía y Biología. Arrestados y condenados a muerte, fueron guillotinados. Hans tenía veinticinco años y Sophie veintidós. Ese mismo día los acompañó en tan triste destino otro compañero, Christoph Probst, también estudiante de Medicina y soldado de sanidad de la Luftwaffe. Además de estos tres muchachos, los más destacados componentes de La rosa blanca fueron: Willi Graf, Kurt Huber, Hans Leipelt y Alexander Schmorell. Graf, igualmente estudiante de Medicina, estuvo destinado como soldado en diferentes lugares. Aparte de colaborar y difundir las dos últimas hojas de propaganda (la cinco y la seis), realizó pintadas y trató de extender el movimiento a otras poblaciones alemanas. Leipelt era vienés. Su madre judía, desesperada, se suicidó, así como otros familiares. La Cruz de Hierro no le impidió ser expulsado por mestizo de varias universidades. Llegó a Munich a estudiar Química porque el premio Nobel Heinrich Wieland no respetaba las leyes de discriminación racial. Reunió dinero para la causa e introdujo la idea del sabotaje. La madre de Schmorell era rusa ortodoxa. Estudiante de Medicina, fue trasladado al frente ruso. Se le hizo imposible combatir contra su otra patria y, al regresar a la Universidad de Munich, se entregó a la causa de La rosa blanca. El único profesor era Kurt Huber, un musicólogo. Todos fueron decapitados. Graf tenía veinticuatro años, Leipelt veintidós, Schmorel veintiséis y el profesor Huber cincuenta. Los seis manifiestos son unos textos muy bien redactados en los cuales hay citas eruditas de Goethe, Lao Tse o Novalis. Abogaban por un federalismo continental basado en el socialismo, la libertad de pensamiento y los valores espirituales. Los nombres de todos ellos deberían figurar no sólo en la Ludwig-Maximilians Universität sino en todas las universidades del mundo.