ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
14 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Retengo su aspecto indescriptible en uno de esos programas de la tele concebidos para ofender la inteligencia. Aunque no podría asegurar si la imagen procede de un recuerdo o sólo de una delirante traición de mis sentidos, creo, sí, estar viendo ahora a Jesús Gil, enfundado con dificultad en un bañador de fantasía, chapoteando en una especie de jacuzzi acompañado de media docena de chiquillas en bikini contratadas para reir sus gracias chocarreras y su charlatanería de fullero. Fueron, supongo, sus tiempos de máximo esplendor. Cuando un día sí y otro también sufríamos su talento inagotable para colocar la erre en los lugares más insólitos, o su habilidad de prestidigitador en la ciencia de tracamundear adverbios y pronombres. De hecho, de no haber conocido entonces sus orígenes oscuros y su historia de encontronazos constantes con la ley, Jesús Gil podría haberse convertido a nuestra vista en una especie de marqués del pleonasmo, en un duque del retruécano, situado en la más rancia tradición de la nobleza facha, cuentista y follonera. O en el pícaro mayor de esa estirpe de tunantes que se han hecho un nombre, una historia, y hasta, en ocasiones, un petiño, administrando los destinos de los equipos que por aquí practican el refinado arte del football. Las cosas han corrido de otro modo, sin embargo, para ese insólito individuo que ha dado en ser, finalmente, Jesús Gil. Y es que cuando uno se empeña en actuar como si las leyes no existiesen, acaba, antes o después, dándose de bruces con el Código Penal, que está siempre como agazapado esperando a los que no terminan de creer en su existencia. Tras una historia procesal que podría servir para hacer prácticas a todos los licenciados en Derecho que en un año se titulan en España, Jesús Gil aparece ahora mezclado -es pronto aún para afirmar si mezclado e implicado- en un asunto que es tan alucinante como él: el robo de más de una docena de expedientes relacionados con causas judiciales que le afectan en los juzgados de Marbella. Según diría el gran Caneda, otro inimitable creador del idioma castellano que ha convertido también al balompié en su cruz y su celada, el alcalde de Marbella se encuentra ahora entre «la espalda y la pared». Por eso, antes de que por una mala jugada del destino pueda dar con sus huesos en la cárcel, ha llegado quizá el momento para él de solicitar la entrada en la Academia de la Lengua. Pues nadie como Gil ha hecho honor a su divisa: Limpia, fija, y da esplendor. Gil ha fijado en torno a él a una auténtica cuadrilla, digna de la cueva de Alí Babá; ha dado un esplendor inusitado a su club y a su ciudad; y, finalmente, ha acabado por limpiar. ¡Y de qué modo!