SUSANA FORTES
11 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.En los próximos cien años aumentará considerablemente la temperatura media de la tierra, subirá el nivel del mar y se producirán alteraciones en lluvias y sequías que afectarán de forma devastadora a este planeta que nos pertenece y se nos escapa. El mes pasado la ciudad de Melilla se convirtió en una caldera hirviendo como consecuencia de una extraña y bellísima -según los expertos en geofísica- onda orográfica, que hizo que en cinco minutos la temperatura pasara de los 24 a los 41 grados. Los árboles empezaron a moverse como si se tratase de un vendaval en medio de un incendio. El mismo día, en una región montañosa al Sur de Arabia Saudí, 75 personas tuvieron que ser rescatadas a consecuencia de una tormenta de nieve absolutamente insólita en el verano de ese país. La magnífica tensión utópica que el ser humano empezó a desarrollar desde Platón no ha podido siquiera alcanzar el reto de construir un mundo, no digo ya más justo, sino simplemente habitable. A pesar de eso hay individuos que se consideran los amos del universo porque conducen un modelo de alta cilindrada. Un día el aire será un horno y la tierra arderá de sed. Bajo su corteza carbonizada, que una vez fue el humus de la vida, sólo podrán desarrollarse organismos que, aún en esas condiciones de degradación, serán capaces de pasar del estado unicelular a una congregación funcional de seres articulados en torno a una cúpula que controla la información y el poder. Habrá unas células perdedoras que configurarán el tallo y otras vencedoras que ocuparán la cúspide como en el organigrama de cualquier empresa multinacional. Sin embargo, esta sociedad arborescente no podrá erguirse con su triunfo más que durante un brevísimo instante antes de que todo se convierta en tinieblas. Durante ese canto del cisne asistiremos como en una proyección de fotogramas a la infancia africana del hombre andando a cuatro patas, a las guerras medievales y sus persecuciones de herejes, a la barbarie nazi y a las purgas de Stalin; presenciaremos los grandes hitos de la revolución genética; veremos desaparecer extensiones inmensas de selva; seguiremos con el alma en vilo la cumbre de Bonn en la que el representante del país más poluto y poderoso de la tierra se negará a suscribir un acuerdo in extremis para reducir la emisión de los gases que provocan el calentamiento del planeta. Al final, desde la terraza de una gran metrópoli contaminada, contemplaremos el último amanecer negro escuchando el adagio de Albinoni. Pero en ese crepúsculo terminal todavía quedarán poetas capaces de acariciar el futuro con versos inmortales y tipos dispuestos a acuchillar a su madre por una localidad de primera fila para el espectáculo. Tal como ha ocurrido siempre.